En diciembre, cuando el calor esta presente en el hemisferio sur y las mesas se cargan de preparaciones dulces y saladas, la uva vuelve a aparecer como una fruta “de celebración”: fácil de servir, amable para todas las edades y con un simbolismo que se activa con fuerza al final del año. La escena es conocida en muchos hogares: racimos en la mesa navideña, uvas en ensaladas frescas, en postres ligeros o acompañando quesos, y el clásico a la tradición que promete buenos augurios en la medianoche.
La llamada tradición de “las 12 uvas” se asocia a España y a la transición al Año Nuevo, con la idea de comer una uva por cada campanada para atraer suerte y prosperidad durante los 12 meses siguientes. Dentro de las explicaciones más difundidas: en 1909, en Alicante, una cosecha muy abundante motivó una campaña para dar salida al excedente, popularizando paquetes con 12 uvas para consumir el último día del año y asociándolas a “buena ventura”.
Con los años, el relato se volvió parte de la cultura popular, aunque la historiografía advierte matices. Algunos análisis recientes sostienen que la práctica ya existía antes de 1909 y que pudo estar influida por costumbres de clases acomodadas en el siglo XIX y por reuniones populares en Madrid, que terminaron consolidando el rito con las campanadas.
En otras palabras, la uva no solo es fruta, también es relato, y en esa mezcla de mercado, costumbre urbana y transmisión cultural encontró su lugar definitivo.
El “regreso” navideño de la uva también se entiende por escala productiva. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) estimó en un informe que la producción mundial de uva de mesa en 2024 llegó a 33,3 millones de toneladas, con un aumento de 3,4% respecto de 2023, impulsado principalmente por China.
En temporada de calor, la uva funciona como un “snack” natural de bajo esfuerzo. Según datos del USDA (SNAP-Ed), una porción de una taza (92 g) aporta 62 calorías, 16 g de carbohidratos, 1 g de fibra y cerca de 4 mg de vitamina C. Esto la convierte en una alternativa útil para equilibrar mesas navideñas cargadas de preparaciones más densas, sin renunciar al dulzor.
Más allá de las calorías, la uva destaca por compuestos bioactivos presentes sobre todo en piel y semillas. Revisiones científicas publicadas en literatura biomédica describen que los polifenoles de la uva se asocian, en estudios observacionales y ensayos, a marcadores de salud vascular y cardiovascular, aunque el efecto depende de dieta total, contexto y tipo de consumo (fruta entera versus otros formatos).
La recomendación práctica, en clave navideña, es sencilla: preferir uva fresca entera como parte de una alimentación variada, sin convertirla en “promesa milagrosa”.
Entre tradición y nutrición, la uva suma una ventaja cultural, es una fruta que decora y ordena la mesa. Se integra con preparaciones saladas (quesos, ensaladas, platos fríos) y también con postres ligeros, y permite una costumbre compartida de fin de año que todavía entusiasma, especialmente en familias con niños.
Redacción News Frutas de Chile