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Fernando Santibáñez: Describe debilitamiento de La Niña, incidiendo en un otoño templado lo que obliga a afinar manejos, alertas y adaptación por zona

  • El debilitamiento de La Niña, un escenario de temperaturas sobre el promedio y la posibilidad de brotaciones anticipadas, hace que se deba estar atento a ajustar manejo, monitoreo y protección de cultivos.

 

La fruticultura chilena entra a una etapa de definiciones en la que el clima vuelve a instalarse como factor estratégico de primer orden. El bioclimátologo y profesor chileno, Fernando Santibáñez, señala que la actual temporada agrícola y la preparación del próximo ciclo estarán marcados por un otoño más bien tibio, con temperaturas por sobre el promedio estadístico y una condición templada que incluso podría prolongarse hasta bien avanzado el invierno. Ese escenario, explicó, se relaciona con el debilitamiento de La Niña y con la presencia de aguas relativamente cálidas frente a la costa chilena.

El experto también releva la necesidad de poner atención a las consecuencias agronómicas que podría dejar un invierno menos frío de lo habitual. Según sostuvo, cuando se instala este tipo de patrón climático es frecuente observar brotaciones anticipadas en la temporada siguiente, lo que incrementa la exposición de los huertos a heladas tardías, incluso si esos eventos no alcanzan una intensidad extrema. En otras palabras, el problema no pasa solo por la magnitud de la helada, sino también por el estado fenológico con el que la planta enfrenta ese episodio.

En ese contexto, Santibáñez plantea que una de las decisiones más relevantes en los próximos meses será definir bien dónde poner los recursos, como por ejemplo, combinar algún sistema de control con uno de alerta, que sea bien sólido de manera de intervenir a tiempo sin caer en sobrerreacciones que eleven innecesariamente los costos. Cuando no existen sistemas de control, añade que el manejo debe orientarse a retrasar procesos o aplicaciones, o incluso iniciar el riego lo más temprano posible en primavera.

Para el profesor Santibáñez la gestión climática ya no puede seguir tratándose como una respuesta aislada frente a contingencias puntuales. Los cambios más estructurales en el huerto, como portainjertos, marcos o rediseños de ubicación, corresponden a un horizonte de más largo plazo; sin embargo, en el corto plazo, la combinación entre monitoreo, alerta y capacidad de control puede marcar una diferencia decisiva en la protección de la producción y en la administración del costo, explica.

Otro de los puntos que subraya el académico es la necesidad de leer mejor las señales térmicas que anteceden desórdenes fenológicos. En carozos, indicó que una secuencia de tres días con temperaturas sobre 25 °C durante más de tres horas al día constituye una señal potente para que el árbol interprete que debe salir del reposo, aunque el invierno todavía no haya terminado. En pomáceas, agregó, la brotación parecería estar más asociada a la acumulación de días-grado por sobre 20 °C, mientras que en uva la respuesta sería más compleja porque combina horas sobre ciertos umbrales con la calidad y cantidad del frío invernal.

Esa mirada tiene implicancias directas para la toma de decisiones en terreno. Más que esperar una fecha calendárica o replicar rutinas heredadas, el mensaje es que el productor deberá acompañar con mayor precisión el desarrollo de los árboles y su interacción con el ambiente. La gestión del riesgo climático, en ese sentido, se vuelve una tarea de observación continua y de interpretación técnica del comportamiento de cada especie, variedad y zona.

Santibáñez también resalta una dimensión que para el sector exportador es tan relevante como el propio comportamiento del huerto: el efecto que El Niño y La Niña pueden tener en los países competidores, explicó que este fenómeno repercute a escala planetaria, pero con especial incidencia en América y Oceanía. Mencionó que El Niño puede provocar lluvias intensas y problemas sanitarios en Argentina, sequías en parte de Brasil y pérdidas por lluvias extremas en el norte de Perú. Todo ello termina incidiendo en la oferta exportable de competidores cercanos a Chile y, por lo tanto, en precios, ventanas comerciales y condiciones de mercado.

Si los eventos climáticos alteran volúmenes, calendarios y condición de fruta en otros países de la región, el productor chileno no solo debe resguardar su propia productividad, sino también anticipar un entorno comercial que puede cambiar con rapidez. La variable climática deja entonces de ser un asunto exclusivamente predial para transformarse en un elemento que cruza producción, costos, logística y estrategia exportadora.

Al proyectar la discusión hacia los próximos cinco a diez años, Santibáñez evita recetas universales y llama a mirar el país por macrozonas. Señala que de Santiago al norte la escasez hídrica seguirá siendo la principal prioridad; entre O’Higgins y Biobío, la atención debería concentrarse en las altas temperaturas estivales; y desde La Araucanía al sur, las lluvias, las heladas y las condiciones de maduración tenderán a dominar la agenda productiva. Al mismo tiempo, advierte que incluso dentro de una misma región puede haber contrastes mayores entre costa e interior que entre territorios distintos, por lo que generalizar en exceso puede llevar a malas decisiones.

El diagnóstico de fondo es que Chile mantiene condiciones climáticas comparativamente favorables para la producción frutícola, con lluvias concentradas en invierno, veranos secos y, en términos generales, sin grandes extremos térmicos. Pero esa ventaja, según plantea el especialista, solo podrá sostenerse si cada región logra desarrollar tecnologías de producción capaces de resguardar a los cultivos de las nuevas adversidades climáticas sin perder competitividad. La ecuación, por tanto, no es solo agronómica, sino también económica y comercial.

En ese marco, Santibáñez insiste en que la adaptación no puede entenderse como un giro brusco, sino como un proceso gradual que combine cambios en el uso del suelo, protección de cultivos, gestión de riesgos y sistemas de decisión más ágiles. Su advertencia final apunta al corazón del negocio agroexportador: en un escenario de cambio climático, la rapidez para leer señales, priorizar inversiones y ejecutar respuestas oportunas será cada vez más determinante para mantener la competitividad y la capacidad exportadora del país.

El próximo ciclo no se preparará solo con experiencia acumulada ni con una mirada general del invierno. Se preparará con monitoreo fino, criterios por especie y zona, y con una comprensión más integrada entre clima, manejo y mercado.

Redacción News Frutas de Chile

 

 

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