La industria vitivinícola mundial está en un constante desafío, ya sea por la caída en el consumo, efectos del cambio climático, un mercado cada vez más exigente lo que está empujando a productores a replantear su modelo productivo. En Chile, este proceso ya es visible ya que hectáreas de viñas están siendo reconvertidas hacia cultivos más rentables, tecnificados y adaptados a las nuevas condiciones del negocio agrícola.
Según datos de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), la producción mundial alcanzó en 2024 los 226 millones de hectolitros, su nivel más bajo en seis décadas. En 2025, la producción nacional cayó a 8,3 millones de hectolitros, la cifra más baja desde 2006, con una disminución del 10% respecto al año anterior.
Frente a este panorama, aparece la reconversión productiva. En Viña Ravanal, este proceso comenzó hace décadas. “El mundo del vino tiene estos vaivenes. Nos diversificamos hace muchos años, porque a mi papá le tocó vivir varios episodios de crisis y no nos podíamos dedicar a una sola cosa. La agricultura permite eso: la diversificación”, explica Mario Ravanal, gerente general de la viña.
Hoy, la empresa ha optado por especies alternativas como peras y ciruelos D’agén para deshidratado, buscando estabilidad frente a la volatilidad del vino.
En paralelo, la transformación no solo implica cambiar de cultivo, sino también adoptar nuevas tecnologías. La agricultura moderna exige precisión, eficiencia hídrica y mayor mecanización.
Desde el mundo viverista, empresas como Agromillora están impulsando este cambio. “En Europa destacan nuevos portainjertos y variedades resistentes, desarrollados junto a VCR, enfocados en tolerancia a enfermedades como mildiu y oídio, mayor resiliencia y adaptabilidad a escenarios de estrés hídrico”, señala Jorge Rodríguez, gerente comercial de Agromillora Sur.
La evolución genética también ha sido clave en viñedos. Claudio Morales, asesor en viticultura con amplia experiencia, lo resume: “Hoy existe una agricultura más precisa que se está trabajando sobre plantas clones de viñas que son resistentes principalmente a Filoxera y al nemátodo”.
El cambio es profundo: los sistemas tradicionales están siendo reemplazados por estructuras diseñadas para mecanización. “Las estructuras de los viñedos están orientándose a mecanizar la cosecha, con equipos de personas más reducido… El parrón antiguo prácticamente ya no existe”, agrega.
El reemplazo de viñedos por cultivos como almendros, olivos, ciruelos y avellanos europeos se ha acelerado en los últimos años. Chile ha pasado de 145 mil a cerca de 116 mil hectáreas de viñas, reflejando este cambio estructural. El atractivo es la mayor rentabilidad por hectárea, menor dependencia de mano de obra y mejor adaptación al contexto hídrico.
“Hay un hábito de consumo cambiante… y, en segundo lugar, la disminución del consumo de alcohol. La crisis del vino es a nivel mundial”, afirma Claudio Morales.
Más allá de los números, el fenómeno responde a una transformación en los patrones de consumo. Las nuevas generaciones están modificando la demanda global, afectando directamente al vino, incluso en segmentos premium.
Para los productores, la reconversión ya no es solo una opción viable, sino una herramienta clave para asegurar sostenibilidad económica. “En Chile y el mundo, el vino ya no es el centro del campo, sino parte de una matriz productiva en transición”, sostiene Jorge Rodríguez.
En este contexto, cultivos de alta densidad y mecanización aparecen como una solución concreta. “Rentabiliza más el metro cuadrado… es una alternativa que promete”, señala Mario Ravanal.
Pese al complejo escenario, los productores mantienen una mirada de largo plazo. “Yo creo que en algún momento esto tiene que darse vuelta, no es primera vez que las viñas pasamos por este tipo de crisis”, concluye Ravanal.
Mientras tanto, la agricultura chilena avanza hacia un modelo más diversificado, tecnificado y resiliente, donde la eficiencia y la adaptación serán claves para enfrentar los desafíos del futuro.