Hay historias que no se escriben con eslóganes, sino con rutinas: la primera caminata del día, una mirada al árbol, una conversación corta entre hileras que termina definiendo una decisión de riego, una poda, una apuesta varietal o simplemente el ánimo con que se enfrenta la temporada. En tiempos donde la fruticultura se mide en calidad, sustentabilidad y ventanas comerciales, la vida de campo sigue sosteniéndose en lo esencial: trabajo, familia y constancia.
En el Fundo Las Rosas, en Romeral, esa esencia tiene nombre propio. Carlos Fuenzalida León no habla desde la prisa, habla desde el tiempo. Partió hace unos 40 años, en una trayectoria que comenzó con su padre y que luego abrazó con su familia, incluso cuando su vida profesional iba por otra ruta ya que fue contador, trabajó décadas en Curicó y un día decidió dejar la oficina para volver al campo, a esos terrenos que tenía y empezaban a plantarse.
Hoy la posta la llevan sus hijos y, especialmente, Sebastián, que dirige los campos de cerezas; pero don Carlos sigue caminando por el huerto cada mañana, acompañando, preguntando, entendiendo el porqué de cada labor. Porque en la fruticultura, la experiencia no se jubila: se transforma en mirada, en criterio, en memoria productiva.

En esta entrevista, don Carlos repasa el salto desde la “cereza del mercado nacional” , como dice él «la corazón de paloma, blanda, difícil de mover y que obligaba a salir con camiones a buscar comprador», hasta la era exportadora con variedades como Santina y Lapins, donde el mundo cambió el negocio y elevó la exigencia de calidad. Habla también del peso que tuvo la relación con Copefrut en ese tránsito, del vértigo del crecimiento y la necesidad de controlar producciones.
Hay una frase dicha por este productor que condensa su manera de entender este oficio, no tiene que ver con tecnología ni con moda, sino con una ética productiva: “trabajar bien, cuidar lo que se tiene y crecer con orden, sin endeudarse», agrandando el proyecto con lo que realmente produce el huerto.
En un rubro donde la tentación de correr siempre está, su testimonio recuerda algo que los productores y exportadores conocen en el cuerpo: la fruticultura no es solo una industria, es una forma de vida que se construye en familia y se hereda, temporada tras temporada.
Don Carlos, cuando mira hacia atrás, ¿Cómo comienza su historia en la fruticultura?
Esto partió hace unos 40 años. Partió mi papá primero y luego lo seguí yo con mi familia. Lo curioso es que yo no hice mi carrera en el campo: soy contador de profesión y trabajé de forma independiente 37 años en Curicó, atendiendo a varios comerciantes de la zona. Eso me agotó un poco y afortunadamente ya habíamos comprado estos terrenos, se comenzó a plantar, y ahí fue el momento en que decidí dejar la oficina de contabilidad.
¿Qué significó para usted ese cambio de vida, dejar la contabilidad y volver al campo?
Fue un giro importante. Pasar de la oficina a estar en el campo se siente distinto, porque aquí el día se vive de otra manera. Yo vivo cerca del camino que va a Romeral, me levanto y ya estoy en el campo. Mi día es caminar, recorrer, hablar con Sebastián, que me cuente qué pasa en los cultivos, qué se está haciendo y por qué se hace.
Hoy el campo ya lo lideran sus hijos. ¿Cómo se dio esa transición generacional?
Ahora mis hijos están a cargo acá, en el Fundo Las Rosas, en Romeral. Ellos comenzaron a dirigir, especialmente mi hijo Sebastián, que ha ido adquiriendo experiencia en este rubro frutícola, que es muy importante. Es él que está más involucrado y dirige bastante bien los campos de cerezas que tenemos.
¿Y cómo se vinculan sus otros hijos con el proyecto familiar?
Mi hijo mayor, Nicolás, trabajó hace como 30 años atrás en Copefrut, pero sigue vinculado al mundo de la cereza. Y mi otro hijo trabaja en un banco y a veces nos apoya con su mirada financiera. Al final, toda la vida hemos estado trabajando y relacionados con este mundo.
En el campo, la historia también se escribe con los cultivos. ¿Con qué partieron en Romeral, Curicó?
Nuestros inicios fueron con peras, manzanas y cerezas corazón de paloma. En nuestros comienzos no existía la cereza de exportación. La variedad que teníamos no se exportaba, era muy blanda y se vendía solo en el mercado nacional.
¿Cómo era vender esa cereza en esos años?
Usted no sabe lo que se peleaba para poder venderla. Se partía con camiones a Santiago, a Concepción, donde estuvieran los centros de distribución más grandes. Era distinto a lo de ahora, porque hoy existe la exportación y un sistema armado; antes era salir a buscar el mercado.
¿Cuándo sintió que la cereza chilena empezó a cambiar de era?
Cuando empezaron a entrar nuevas variedades, como la Santina, Lapins, y ahora hay un montón. Y Copefrut empezó a exportarlas con gran éxito. Hoy nosotros estamos dedicados solamente a la producción de cerezas, que es lo que nos mantiene actualmente; ya dejamos las peras y las manzanas.
Usted menciona a Copefrut con mucho cariño y gratitud. ¿Qué representa para usted esa relación?
Para mí, para mi gusto, la mejor empresa exportadora de Chile. Nos ha ayudado en todo: si necesitamos un financiamiento, ahí están; si necesitamos servicio técnico y todo lo que requerimos. Copefrut nos aporta todo. Y además, este año felizmente estamos celebrando los 70 años de Copefrut, porque desde la primera fruta que pudimos exportar como productores ha sido con ellos.
Cuando habla de sueños, usted responde con una calma bien particular. ¿Qué sueña hoy don Carlos?
…los sueños a lo mejor son que todo esto con el tiempo vaya a crecer, que así sea, si es que se puede. Por eso les digo a mis hijos que trabajen de la mejor manera posible, sin endeudarse. Eso es lo que siempre les recomiendo: que si quieren hacer algo más grande, que lo hagan con lo que realmente producen estos huertos.
En una zona como Curicó, donde el valor de la tierra se ha disparado, ¿cómo se mira el futuro?
Hay que tener en cuenta que hoy los terrenos se han valorizado mucho en esta zona de Curicó. Estamos cerca de la ciudad, es fácil llegar al campo, no complica, y eso tiene mucho valor. Por lo cual hay que cuidarlo.
Aun así, usted destaca un punto que fue decisivo para “despertar” a la cereza chilena. ¿Cuál fue?
Lo que hizo despertar a la cereza fue que gracias a las empresas exportadoras tuvieron la fantástica idea de enviar a China. Allá la cereza, más que un fruto, es un símbolo de algo importante: es un gran regalo para ser entregado a una persona querida, valiosa. Por lo mismo, también se han puesto más exigentes a la hora de comprar y exigir calidad. China originó el despegue.
Con un mercado tan dominante, ¿cómo observa la diversificación hacia otros destinos?
Ahora se están abriendo otros mercados, pero un poco más pequeños que China. China compra más del 90 por ciento de la producción chilena y el resto va a Europa, Argentina, Brasil, entre otros.
Finalmente, si pudiera resumir su forma de entender este oficio en una idea, ¿Cuál sería?
Trabajar bien, cuidar lo que se tiene y crecer con orden. Que el campo se sostenga en lo que produce, y que la familia lo lleve con responsabilidad.
