El martes 13 de enero 2026, en el webinar “Aconcagua Network: Hacia una fruticultura sostenible”, organizado por Frutas de Chile, dos voces con miradas complementarias expusieron un cambio de enfoque: dejar de discutir cifras sueltas y comenzar a demostrar, en el tiempo, una trayectoria verificable de sostenibilidad.
Frans Janssen, asesor económico senior de la Embajada del Reino de los Países Bajos en Chile, relató que el proyecto nació cuando se cruzaron dos fuerzas difíciles de ignorar: el punto más álgido de la sequía chilena y el aceleramiento del debate europeo sobre sustentabilidad. La iniciativa comenzó “a pequeña escala” en plena pandemia y logró sus primeros avances técnicos gracias al apoyo del programa neerlandés «Partners for Water», que permitió levantar análisis, construir un “pasaporte de la cuenca”, elaborar el primer balance hídrico y abrir espacios de trabajo con productores del territorio.
WAVE Aconcagua Patnership, es una organización dedicada a ampliar un enfoque de acción colectiva para fortalecer la gestión del agua y la biodiversidad en la agricultura, con un énfasis en las cadenas de suministro agroalimentarias.
Lo que partió focalizado en la palta, hoy se expande a cítricos y uva de mesa, y proyecta abarcar el conjunto de la fruticultura regional en el largo plazo. Pero el giro más relevante, sostuvo Janssen, no es solo agronómico: es de mercado. El proyecto dejó de mirar únicamente la producción para integrar la demanda, porque los mercados exigen cada vez más evidencia de sostenibilidad. La apuesta, dijo, es innovar conectando ambas puntas de la cadena, incorporando además de agua otros componentes que antes quedaban fuera de la conversación pública: social, económica y medio ambiental.
El rol de Países Bajos, insistió, no se explica por el consumo interno sino por la logística. En la práctica, Rotterdam funciona como puerta de entrada y redistribución a Europa. Y allí aparece el dato que, marca un punto de inflexión: cerca de la mitad de las paltas chilenas que se producen en Chile se exportan , y de ese volumen, “como un 80%” llega a Países Bajos antes de seguir ruta al resto del continente.
En paralelo, la “publicidad negativa” sobre el consumo de agua en palta se convirtió en un riesgo para toda la cadena. La decisión, entonces, fue trabajar para disminuir impactos, sin prometer soluciones mágicas.
Esa visión , según Janssen da cuenta que si el sector se queda inmóvil, el negocio no está asegurado a diez años. Por eso, su “sueño” es que el consumidor europeo termine pagando un precio justo, donde una parte se reinvierta en la zona productiva para financiar la transición sostenible. En otras palabras, la sostenibilidad no como costo aislado del productor, sino como un acuerdo de la cadena: el mercado paga y el origen mejora.

Si Janssen explicó el porqué y el para qué, Andrés Puebla se encargó del cómo. Ingeniero agrónomo, con más de 20 años de experiencia en eficiencia hídrica y asesoría en frutales, Puebla fue presentado como el líder local encargado de expandir la red y convertir el concepto en actividades concretas para los productores del valle.
Su misión, según se describió en el encuentro, incluye ampliar la alianza hacia otros sectores, desde minería hasta empresas sanitarias, y hacerlo mediante intercambio técnico, tecnologías e instancias de capacitación en temas de fruticultura sostenible y estrategias hídricas en campo.
¿Por qué enfocarse en el Valle del Aconcagua en Chile?, Puebla señala que es una de las regiones agrícolas más importantes de Chile, abasteciendo a los mercados del Reino Unido y la Unión Europea. Desde 2010, Chile ha experimentado sequías prolongadas que, junto al uso del agua han incidido en la disponibilidad hídrica de la cuenca. Es por esto que se creó el Aconcagua Network y la Alianza WAVE Aconcagua, conectando a públicos y privados en torno a un objetivo común: contribuir al equilibrio en la cuenca; colaborando en la gestión y aportando conocimientos técnicos.
Puebla explicó que el proyecto se organiza en tres pilares dentro de la asociación WAVE: productores (farmers), cadena de suministro (supply chain) y un “entorno propicio” que integra actores como el gobierno neerlandés, su agencia empresarial, consultoras y aliados locales.
En la práctica, esto busca resolver un vacío conocido por el sector: cada actor hace su parte, pero la gestión integrada, la articulación de datos y la coordinación territorial suelen quedar fragmentadas. El mapa de intervención no es administrativo sino productivo. La red se concentra en el Valle de Aconcagua, con productores ubicados en zonas como Quillota, Panquehue y sectores del valle donde se agrupa la actividad frutícola.
La sostenibilidad, recalcó, no se agota en el agua: se trabaja desde lo económico, lo social y lo medio ambiental, y dentro de este último con un foco operativo en agua, suelo y biodiversidad.

En el intercambio de preguntas, el punto más reforzado por ambos expositores fue la medición como condición para avanzar. Puebla lo resumió en, “lo que no se mide no se controla”, y por eso la primera medida es fijar un punto de partida y operar con estrategias hídricas correctas.
Desde la mirada del campo, ese enfoque se traduce en decisiones prácticas como contar con sistemas de riego eficientes, ajustar parámetros de cálculo y usar herramientas de monitoreo que permitan regar mejor y con menos. En su enumeración técnica aparecieron instrumentos y prácticas como calicatas y barrenos, imágenes NDVI, sondas, sensores y otros apoyos para definir el “cuándo” y el “cuánto” regar, reduciendo frecuencia y tiempos sin perder productividad y calidad.
Puebla añadió un argumento que conecta sostenibilidad con caja, al bajar horas de bombeo, no solo se reduce consumo de agua, también electricidad, uno de los mayores costos en fruticultura. Planteó que, al mejorar eficiencia, podrían observarse reducciones relevantes que se reflejan tanto en energía como en agua, liberando además recursos para otros fines, como mantener áreas de conservación dentro de los predios.
En su proyección, la agenda abre otras líneas de trabajo como medición de huella de carbono y oportunidades vinculadas a conservación, siempre que existan datos y gobernanza para sostener el proceso.
Janssen, desde el mercado, reforzó la lógica de tendencia por sobre cifra absoluta. Reconoció que en Europa y Chile se discute intensamente cuánta agua cuesta un kilo de palta, pero advirtió que esas cifras “siempre se discuten”; lo crucial, sostuvo, es demostrar en el tiempo que el consumo por kilo baja. También se mencionó como herramientas como mayor tecnificación, uso de datos satelitales para afinar decisiones de riego y mejoras varietales o “clones” para elevar resiliencia y eficiencia.

Un sello, no otra certificación, y una meta 2027
El debate sobre estándares apareció con una frase: la red no busca “otra certificación”, sino un sello que permita al consumidor europeo identificar que esa palta, y en adelante otras frutas como uvas, cítricos o nogales, provienen de una producción sustentable visible en góndola.
La ambición es que ese reconocimiento no se quede en marketing, sino que habilite incentivos reales y permanentes. A medio plazo, se proyecta que hacia fines de 2027 exista una alianza nacional e internacional que promueva la sostenibilidad del sector agrícola productivo, financieramente autosuficiente y capaz de decidir qué temas abordar, con reconocimiento adicional para productores sostenibles y reinversión en el territorio para seguir mejorando o sumar nuevos actores.
En la región, ese trabajo toma forma institucional con la creación de la Fundación Aconcagua Network concebida para conectar productores y actores claves, intercambiar conocimientos y enfrentar desafíos comunes desde acciones conjuntas. Los expositores reforzaron en que los problemas compartidos se resuelven mejor en colectivo que en solitario, y esa acción coordinada puede escalar más allá de Chile hacia otros países con tensiones hídricas similares.
Lo que dejó este webinar, finalmente, no fue un manual cerrado, sino una señal basada en que la sostenibilidad ya no se discute solo como exigencia externa, sino como estrategia para sostener mercados, ordenar la gestión del territorio y blindar la licencia social de la fruticultura. En Aconcagua, la promesa es pasar del relato a la evidencia. Y en Europa, la apuesta es que el consumidor deje de ser solo juez y se convierta, también, en parte del financiamiento del cambio.

Redacción News Frutas de Chile