Un reciente estudio científico liderado por la Dra. Camila García, investigadora del Centro Ceres y doctora por la PUCV, ha puesto de manifiesto un factor que suele pasar desapercibido en la agricultura intensiva: el valor de la naturaleza silvestre en la productividad de los frutales. La investigación, publicada en la revista Agriculture, Ecosystems & Environment, concluye que la presencia de vegetación natural en el entorno de los huertos de manzanos y cerezos aumenta significativamente la cantidad y el peso de los frutos.
Uno de los hallazgos más sorprendentes del estudio es el protagonismo de los escarabajos de la familia Melyridae, conocidos popularmente como pololos chilenos. Aunque en Europa los principales polinizadores suelen ser las abejas y algunas moscas, en los ecosistemas mediterráneos de Chile estos escarabajos nativos juegan un papel crucial. Gracias a las vellosidades de su cuerpo, transportan el polen de manera eficiente mientras visitan las flores de los frutales.
«Muchas de estas especies son nativas y están asociadas a áreas naturales con bosque esclerófilo», explica la Dra. García. El estudio demostró que los huertos rodeados de estos remanentes naturales no solo atraen a más polinizadores, sino que también se benefician de microclimas más estables que favorecen la calidad de la fruta.
La investigación detectó el denominado «efecto borde», observando que la actividad de los polinizadores disminuye drásticamente a partir de los 70 metros desde el límite del huerto hacia el interior.
Para contrarrestar esto y extender los beneficios a toda la plantación, el estudio recomienda a los agricultores implementar estrategias de intensificación ecológica, tales como:
Instalar bandas florales y «pequeñas islas» de vegetación nativa cada 70 metros.
Utilizar especies atractivas como el Quillay y otros arbustos típicos del bosque esclerófilo.
Mantener al menos un 35% de hábitat natural en la periferia de los huertos de cerezos (y un porcentaje mayor en manzanas).
Lejos de ser una pérdida de terreno cultivable, conservar la biodiversidad silvestre se traduce en una producción más estable y frutos de mayor calibre. Esta investigación refuerza la necesidad de transitar hacia una agricultura que conviva armónicamente con su entorno natural, garantizando así la sostenibilidad del sector frutícola chileno frente a los desafíos climáticos y de mercado.