El tomate volvió a captar atención pública luego de que El Nuevo Día difundiera un artículo en el que el médico William Li lo presenta como una fruta capaz de ayudar a reducir la grasa abdominal, apoyando su argumento en el licopeno, un carotenoide presente en el fruto rojo y asociado a procesos metabólicos relacionados con la grasa parda. En la nota, Li plantea que este compuesto bioactivo podría favorecer la quema de grasa visceral, una afirmación que ha generado interés inmediato tanto en consumidores como en la cadena hortofrutícola.
Más allá del titular llamativo, sí existe literatura científica que ha observado señales favorables. Un estudio publicado en 2015 en Nutrition encontró que la suplementación diaria con jugo de tomate redujo circunferencia de cintura, colesterol y marcadores inflamatorios en mujeres jóvenes sanas, con efectos que los autores describieron como independientes de la reducción de grasa corporal. En términos prácticos, el hallazgo ayudó a instalar al tomate como un alimento de interés en el terreno de la salud metabólica.
La discusión volvió a reforzarse con un ensayo controlado aleatorizado publicado en 2024 en Biology, donde investigadoras evaluaron a mujeres posmenopáusicas con sobrepeso durante ocho semanas. El grupo que siguió una dieta con tomate mostró menores niveles de masa grasa corporal, porcentaje de grasa, circunferencia de cintura y de cadera frente al grupo control, además de mejoras en colesterol total, triglicéridos, presión sistólica y glicemia. Los autores concluyeron que el consumo de tomate fresco puede aumentar biomarcadores antioxidantes y reducir factores de riesgo del síndrome metabólico en esa población específica.
En un mercado donde la fruta fresca compite también por atributos funcionales y valor agregado, el tomate empieza a consolidar un relato que va más allá de su uso culinario. La evidencia disponible no solo lo vincula con antioxidantes como el licopeno, sino también con potenciales beneficios cardiometabólicos, una combinación que puede resultar especialmente valiosa para campañas de promoción orientadas a consumidores que buscan alimentos asociados a bienestar, prevención y control del peso.
Aun así, el consenso científico sigue siendo prudente. Los resultados positivos observados en algunos ensayos no autorizan a presentar al tomate como una solución única ni automática para la obesidad abdominal. Pero sí abren una oportunidad concreta para posicionarlo mejor dentro de una dieta saludable, particularmente cuando se lo analiza desde su aporte antioxidante, su baja densidad calórica y su eventual contribución a indicadores metabólicos relevantes.