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COP30 en Brasil:  productividad, suelos y biodiversidad en el centro de la agenda climática del agrofrutícola

  • Latinoamérica llega con programas en marcha y resultados medibles; destaca Chile con 48 mil hectáreas beneficiadas por Operation Pollinator, mientras iniciativas regionales de huella de carbono y restauración en Brasil y Paraguay buscan escalar soluciones que compatibilicen rentabilidad, resiliencia climática y protección del capital natural.

 

En la antesala de la COP30 —que se realizará del 10 al 21 de noviembre en Belém, Brasil— la conversación climática pone a la agricultura en el centro ya que este sector explica una parte relevante de las emisiones globales, pero también ofrece soluciones inmediatas y escalables si se adoptan prácticas regenerativas, innovación biotecnológica y gestión eficiente de recursos.

América Latina llega con programas en marcha y resultados medibles, y Chile asoma con terreno ganado en biodiversidad funcional, manejo de suelos y pilotos de medición de huella que pueden escalar en la próxima década.

Syngenta plantea cinco líneas de acción que, de adoptarse masivamente, podrían convertir a la agricultura en un aliado estratégico para la mitigación y la seguridad alimentaria: regenerar suelos degradados con técnicas de restauración y manejo sustentable; avanzar en cultivos más resilientes al clima mediante mejoramiento que demande menos agua y proteja rendimiento frente a plagas y enfermedades; aumentar productividad con innovación —incluyendo biológicos basados en microorganismos y extractos vegetales—; escalar agricultura de precisión para aplicar insumos solo donde hacen falta; y promover prácticas regenerativas como siembra directa, rotaciones, cultivos de cobertura y manejo de materia orgánica que mejoren salud del suelo, capturen carbono y estabilicen la producción. Detrás de estas “cinco palancas” hay una premisa que cruza toda la agenda de Belém: crecer en productividad sobre la base de cada hectárea existente, evitando expandir la frontera agrícola y las emisiones asociadas.

Para Chile, esto tiene desafíos concretos. La variabilidad climática ha tensionado los sistemas productivos y los costos de insumos, lo que hace urgente producir más por unidad de agua y de energía, y reducir pérdidas en campo y postcosecha. En ese marco, los programas de biodiversidad funcional ya muestran tracción.

Operation Pollinator —la iniciativa de siembras y corredores florales para potenciar polinizadores y controladores biológicos en paisajes agrícolas— contabiliza 48 mil hectáreas beneficiadas en predios del país, una base que puede expandirse a frutales de exportación y cultivos extensivos con estándares medibles de biodiversidad y servicios ecosistémicos.

La experiencia local en berries, carozos y nogales ofrece un laboratorio a cielo abierto para combinar coberturas vegetales, rotaciones y biológicos que reduzcan la dependencia de agroquímicos sin sacrificar calibre, condición y vida de poscosecha.

La eficiencia productiva también pasa por decisiones de precisión

En Chile, la adopción de tecnologías de monitoreo de suelos, estaciones agroclimáticas y modelos de decisión para riego y protección de cultivos crece año a año. Vincular esos datos con portafolios de soluciones biológicas —microorganismos promotores del crecimiento, biofungicidas y extractos vegetales— abre una vía para sostener rendimiento con menor huella, especialmente en zonas donde las restricciones de agua y la salinidad se agudizan. La meta es estabilizar rendimientos, bajar la intensidad de emisiones por tonelada producida y, a la vez, blindar la resiliencia de los sistemas frente a eventos extremos.

El componente de suelos será protagonista en Belém y tiene traducción directa en el territorio chileno. La regeneración de suelos degradados —por erosión, compactación o pérdida de materia orgánica— requiere decisiones que parten en el diseño del sistema y continúan en la operación: rotaciones que devuelvan carbono al perfil, cultivos de cobertura que protejan estructura y dinámica biológica, incorporación de residuos y un paquete de labranza conservacionista que reduzca disturbios.

Los pilotos de medición de huella de carbono y líneas base que hoy operan en países vecinos comienzan a replicarse en Chile y serán el punto de partida para certificaciones de carbono agrícola, contratos de abastecimiento con metas climáticas y acceso a financiamiento verde.

La COP30 también será un escenario para la conversación político-técnica. El 11 de noviembre, Syngenta y The Economist reunirán a líderes del sector privado, banca y sociedad civil para abordar restauración de tierras, salud de suelos, financiamiento y regulación pro-inversión que permita que la agricultura sostenible sea viable para pequeños, medianos y grandes productores.

Para Chile, con una agroexportación que depende de calidad, consistencia y trazabilidad, esa convergencia entre métricas ambientales, productividad y acceso a mercados es algo más que un ideal: es una ventaja competitiva que ya exigen los compradores y que permite diferenciarse en góndolas cada vez más exigentes en carbono, agua y biodiversidad.

Chile llega a la COP30 con aprendizajes en biodiversidad funcional a escala predial, una comunidad técnica capaz de medir y verificar mejoras en suelos y emisiones, y un ecosistema agrícola que ha demostrado rapidez para adoptar tecnologías cuando el retorno técnico-económico es claro.

El desafío para la próxima década será alinear incentivos —financiamiento, asistencia técnica, mercado y regulación— para que cada hectárea produzca más y mejor, con menos impacto, y para que las “cinco palancas” de la agricultura regenerativa dejen de ser agenda de cumbre y pasen a ser práctica cotidiana en los campos del país.

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