El kiwi vuelve a instalarse como una alternativa sencilla de probar en la rutina nocturna. La razón no está en una promesa milagrosa, sino en algunos estudios clínicos que han explorado si su perfil nutricional puede influir en parámetros concretos del sueño, como el tiempo que tarda una persona en dormirse, los despertares durante la noche y la duración total del descanso.
Una de las investigaciones más citadas evaluó a adultos con problemas de sueño auto-reportados que incorporaron el consumo de dos kiwis, una hora antes de acostarse, durante cuatro semanas. Al finalizar el periodo, el equipo reportó mejoras en indicadores asociados a la calidad del sueño, incluyendo disminución de la latencia de inicio del sueño y del tiempo despierto después de conciliar, junto con aumentos en tiempo total dormido y eficiencia del sueño.
Más recientemente, otro trabajo examinó el mismo enfoque en deportistas de alto rendimiento y también describió cambios favorables en medidas de sueño y recuperación, aunque en un contexto muy específico y con resultados que no necesariamente se extrapolan a la población general.
¿Qué podría explicar el efecto? Los autores y revisiones científicas plantean hipótesis vinculadas a compuestos presentes en el kiwi, como su aporte de antioxidantes y su contenido de serotonina, un neurotransmisor relacionado con procesos que influyen en el ciclo sueño-vigilia. Aun así, los especialistas suelen subrayar el mismo punto: la evidencia todavía es acotada, con tamaños muestrales pequeños, por lo que se necesita más investigación para confirmar magnitudes, mecanismos y a quiénes podría beneficiar más.
En términos prácticos, el mensaje no es reemplazar tratamientos ni “curar” el insomnio con una fruta, sino entender que, para algunas personas, un cambio de bajo riesgo como sumar kiwi en un horario consistente podría acompañar medidas de higiene del sueño y hábitos saludables. Y, como siempre, si el insomnio es persistente o afecta la vida diaria, lo recomendable es consultarlo con un profesional de salud.