Chile tiene experiencia, infraestructura, conocimiento productivo y relaciones comerciales construidas durante décadas para seguir siendo un actor relevante en la industria mundial de la uva de mesa. Sin embargo, mantener esa posición requerirá tomar decisiones cada vez más precisas respecto de variedades, costos, productividad, logística y mercados de destino.
Ese fue uno de los principales puntos que abordó Andro Vidal, gerente comercial de uva de mesa de Exportadora Subsole, durante su presentación en Global Grape Convention 2026, encuentro que reunió en Chile a representantes de la industria de la uva de mesa para analizar la expansión global de la categoría, las transformaciones de la demanda y los desafíos que enfrenta la cadena.
La exposición de Vidal recorrió prácticamente toda la cadena: desde lo ocurrido en los campos durante la última temporada hasta los precios obtenidos en los mercados, pasando por la evolución varietal, la distribución de los embarques, los costos portuarios y de fumigación y las señales que llegan desde Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica.
Su conclusión fue optimista, aunque condicionada a una transformación profunda.“Estamos convencidos de que Chile tiene el potencial y el oficio práctico para seguir participando en el negocio de la uva de mesa en el mediano y largo plazo”, sostuvo Vidal.
El primer punto de su análisis fue productivo. Chile cerró la última campaña en aproximadamente 58,3 millones de cajas, con una caída cercana al 14%, fuertemente condicionada por eventos de lluvia que afectaron las zonas productoras. Vidal mostró además diferencias territoriales relevantes: zonas del norte registraron importantes disminuciones y en sectores del centro-sur la caída llegó a alrededor de 16%.
La cifra final quedó por debajo de las estimaciones que la industria manejó durante la temporada. Una segunda proyección había apuntado a cerca de 65 millones de cajas y posteriormente las estimaciones se ajustaron hacia aproximadamente 62,5 millones, antes de terminar en torno a los 58 millones.
Para Vidal, sin embargo, este proceso también evidencia un avance: el sector ha mejorado su capacidad de estimación y generación de información, aspecto fundamental para navieras, importadores, productores y exportadores.

La superficie representa otra interrogante. Durante su presentación estimó que actualmente existirían del orden de 23 mil hectáreas efectivamente productivas, aunque recalcó que se trata de una cifra construida sobre la información disponible y no de un dato oficial definitivo.
Contar con información precisa sobre superficie, variedades, edades de los huertos y potencial productivo aparece, por tanto, como una tarea relevante para una industria que necesita anticipar con mayor exactitud su futura oferta.
El clima fue uno de los grandes protagonistas de la temporada. Chile comenzó con una ventana relativamente normal para la uva de mesa y una capacidad logística favorecida por las operaciones desarrolladas previamente para la temporada de cerezas. Según Vidal, esa convivencia entre ambas especies permitió disponer de buques tempranos y mayor capacidad de carga, facilitando los primeros embarques.
El escenario comenzó a complicarse posteriormente.Desde el mercado estadounidense surgieron señales de cautela para las variedades rojas y negras y, más adelante, las lluvias terminaron provocando una disminución abrupta de la oferta chilena.
Los eventos registrados entre el 16 y el 20 de marzo marcaron especialmente el cierre de la campaña.Vidal puso en valor la reacción del sector frente a ese escenario, señalando que los exportadores optaron por embarcar principalmente aquella fruta que mantenía condiciones comerciales adecuadas, evitando trasladar problemas hacia los mercados de destino. Para el ejecutivo, esta conducta refleja una mayor madurez de la industria chilena.
El episodio también dejó una advertencia para el futuro: eventos meteorológicos que anteriormente tenían baja frecuencia en pleno verano están comenzando a transformarse en una variable que debe incorporarse con mayor fuerza a la planificación productiva y comercial.
Pese a la creciente discusión sobre diversificación, Estados Unidos continúa siendo el principal mercado de referencia para la uva chilena.
Durante la última campaña se enviaron aproximadamente 32 millones de cajas a ese destino, frente a 38 millones en la temporada anterior y 42 millones dos campañas atrás.
Pero más interesante que la caída del volumen total es cómo ha cambiado la composición de los embarques.Las variedades tradicionales han perdido terreno rápidamente, mientras nuevas alternativas están ocupando el espacio comercial y extendiendo las posibilidades de Chile en determinadas semanas.
Vidal mostró, por ejemplo, cómo el retroceso de variedades verdes tradicionales contrasta con el crecimiento de nuevas variedades en segmentos tardíos. Esa transformación, explicó, permite reconsiderar las ventanas comerciales en que Chile puede participar y obliga a abandonar la lógica de analizar únicamente colores —verde, roja o negra— sin considerar la variedad específica y su aceptación comercial.
Dentro de un escenario lleno de desafíos, Vidal mostró un indicador particularmente positivo. Según las cifras presentadas durante su exposición, el consumo per cápita estadounidense habría avanzado desde aproximadamente 8 a 11 libras durante las últimas seis temporadas, mientras las ventas de la categoría crecieron cerca de 5% durante el último año.
Las variedades verdes mostraron además una dinámica favorable, con un crecimiento cercano al 8%.
Este dato resulta especialmente relevante porque Global Grape Convention 2026 estuvo atravesada por una pregunta de fondo: cómo generar suficiente demanda para acompañar el crecimiento de la oferta mundial.
El programa oficial de la convención puso precisamente la expansión productiva, las disrupciones en la cadena de suministro, las nuevas variedades y los cambios en la demanda global entre los principales asuntos de la jornada.
Probablemente uno de los mensajes más importantes de la presentación estuvo relacionado con la genética.Chile ha avanzado considerablemente en el reemplazo de variedades tradicionales, pero la tarea todavía no está terminada.
“La industria chilena ha experimentado una profunda transformación, con un crecimiento de nuevas variedades verdes y una disminución de algunas variedades rojas tradicionales”, señaló Vidal.
La razón es comercial tanto como productiva.Los supermercados están acotando sus programas hacia un grupo más reducido de variedades capaces de entregar sabor, calibre, condición, crocancia, productividad y vida de poscosecha de manera consistente.
Vidal comparó esta transformación con un salto tecnológico: las nuevas variedades representan una evolución significativa frente a parte de la oferta tradicional y, una vez que consumidores y retailers adoptan esos estándares, resulta cada vez más complejo competir con fruta que quedó tecnológicamente atrás.
Su planteamiento abordó también la composición futura de la oferta chilena. Indicó que la estructura varietal que durante años se pensó para Chile —con una determinada proporción de verdes, rojas y negras— probablemente deberá volver a revisarse, observando también la experiencia de Perú y el creciente protagonismo comercial de las variedades verdes.
En cuanto a los desafíos más sensibles para productores y exportadores: cuánto de lo que paga el mercado realmente consigue regresar al campo. Vidal construyó un ejercicio de cadena de valor para Estados Unidos y Europa, partiendo del objetivo de obtener aproximadamente un dólar por kilo para el productor.
El análisis mostró la magnitud de los costos intermedios.En el ejemplo estadounidense expuesto durante la convención, para conseguir ese retorno era necesario alcanzar una venta cercana a US$26,7 por caja, escenario en el cual alrededor de dos tercios de la cadena de valor podían quedar asociados a distintos costos.
Ahí aparece uno de los principales desafíos estructurales del negocio. Producción, materiales, embalajes, transporte terrestre, operaciones portuarias, inspecciones, fumigaciones, servicios en destino y fletes marítimos van acumulándose hasta generar una estructura que puede terminar absorbiendo buena parte del valor obtenido por la fruta.
El llamado de Vidal fue, en consecuencia, a revisar la cadena línea por línea. No basta con esperar mejores precios y la competitividad deberá construirse reduciendo ineficiencias en cada etapa, agregó.
Mientras Estados Unidos continúa siendo determinante, Europa mostró un comportamiento distinto.Chile envió aproximadamente 12,9 millones de cajas al mercado europeo durante la última temporada, ligeramente por encima de las 12,5 millones de la campaña anterior y significativamente más que las 8,6 millones de dos temporadas atrás.
Para Vidal existe una oportunidad, pero no para cualquier fruta ni para cualquier productor.
Los principales retailers europeos imponen exigencias crecientes respecto de certificaciones, residuos, condición y estándares productivos, por lo que el mercado puede convertirse en una alternativa atractiva para aquellas operaciones capaces de cumplirlas consistentemente.
“Es una oportunidad, especialmente para aquellos productores y exportadores capaces de cumplir con los requisitos de los principales retailers”, afirmó. La evolución hacia variedades verdes también podría favorecer determinados programas europeos y generar espacios para reducir parcialmente la dependencia estadounidense.
El costo por hectárea, por sí solo, tampoco explica la competitividad.
Una producción cara puede continuar siendo rentable con rendimientos elevados y fruta de buen valor comercial. Una producción aparentemente barata puede transformarse en un mal negocio si la cantidad de cajas exportables es insuficiente.
Vidal presentó ejemplos productivos para mostrar precisamente esa relación y señaló diferencias de productividad entre regiones, con mayores dificultades estructurales en zonas del norte y posibilidades de rendimientos más altos hacia zonas productoras ubicadas más al sur.
De allí surge uno de los conceptos que atraviesa toda su presentación: Chile necesita mirar el costo por caja exportable y no solamente el gasto por hectárea.
La genética correcta, un huerto bien diseñado, productividad consistente y calidad exportable terminan siendo tan importantes como contener cada partida presupuestaria.
La presentación de Andro Vidal mostró das una industria muy diferente a la que Chile lideró durante décacon variedades tradicionales y una posición dominante durante el invierno del hemisferio norte.
El mapa cambió. Perú incrementó fuertemente su oferta. Nuevas variedades reestructuraron la demanda. China elevó su producción. Los retailers redujeron sus listas varietales. Los costos logísticos aumentaron y el clima introdujo una incertidumbre adicional.
Pero para Vidal aquello no significa que Chile esté fuera del negocio. Significa que debe competir de otra manera.“La combinación de eventos climáticos más complejos, mayores costos, exigencias comerciales, cambios en las preferencias del consumidor y competencia internacional obliga a avanzar hacia una producción más eficiente y enfocada en calidad”, planteó.
Vidal concluye en cuatro ejes en relación a la uva de mesa: acelerar el recambio varietal, elevar productividad, revisar profundamente la estructura de costos y diversificar los mercados sin abandonar aquellos donde Chile ya posee posiciones consolidadas.
Estados Unidos continuará siendo fundamental. Europa ofrece nuevas oportunidades para productores capaces de cumplir estándares más exigentes. Latinoamérica gana espacio y Asia obliga a ser mucho más selectivos.
Chile ya no dispone de un escenario en el que la fruta encuentre automáticamente un mercado por el solo hecho de llegar en determinada fecha.
Tiene, en cambio, una industria más consolidada, conocimiento técnico, experiencia comercial, infraestructura y décadas de relación con los principales compradores del mundo.Ese es, precisamente, el “oficio práctico” al que Vidal hizo referencia.
La pregunta para los próximos años será si Chile logra convertir esa experiencia en una nueva estructura productiva y comercial capaz de competir con más genética, más información, más productividad y menos ineficiencias.
Ahí se jugará buena parte del futuro de la uva de mesa chilena.
Redacción News Frutas de Chile