Para una industria frutícola que abastece mercados ubicados a miles de kilómetros de Chile, lograr que una fruta llegue firme, con buena condición, sabor y apariencia no depende exclusivamente de la tecnología utilizada en el frigorífico o durante el transporte. La calidad que finalmente recibe el consumidor comienza mucho antes: en el huerto y en las decisiones que se toman durante toda la cadena.
Así lo plantea Patricia Maraboli especialista en poscosecha de peras y manzanas de Dole Chile, con una extensa trayectoria vinculada al control de calidad, procesos, postcosecha y manejo operacional de pomáceas.
Su experiencia le permite observar la exportación de pomáceas como una cadena continua, donde producción, cosecha, packing, frío, logística y mercado deben trabajar coordinadamente. Para Maraboli, uno de los principales errores es creer que los problemas originados en etapas anteriores pueden solucionarse posteriormente mediante tecnologías de postcosecha. “La postcosecha conserva la calidad; no la recupera”, sostiene.
Para la especialista, existen tres momentos críticos que determinan la capacidad de una manzana o pera de soportar varias semanas de almacenamiento y transporte.
El primero se encuentra en el huerto, donde resultan determinantes una nutrición equilibrada —particularmente la relación calcio/potasio—, el manejo de carga, la exposición de la fruta y el control del daño por sol.
El segundo corresponde a la definición del momento de cosecha. Variables como firmeza de pulpa, sólidos solubles, degradación de almidón, color de fondo y, dependiendo de la variedad, producción de etileno, deben analizarse considerando el destino comercial y el tiempo de guarda que enfrentará cada lote.
“Fruta cosechada sobremadura no tendrá potencial de viaje, por buena que sea la postcosecha”, advierte Maraboli.
El tercer momento corresponde precisamente a la gestión de postcosecha. Allí destaca la necesidad de reducir al mínimo el tiempo entre cosecha y frío, realizar un enfriamiento rápido hasta temperaturas cercanas a 0 °C, trabajar con humedades relativas de entre 90% y 95% y utilizar correctamente herramientas como 1-MCP y atmósfera controlada o dinámica.
Todo ello debe complementarse con monitoreo de desórdenes fisiológicos y, posteriormente, con una cadena de frío continua durante el transporte, considerando temperatura de despacho, ventilación y registros.
Para los exportadores, uno de los mensajes centrales de Maraboli es que el potencial de cada lote debe conocerse antes de decidir su programa comercial.
La información obtenida desde destino —reportes de arribo, inspecciones de condición, reclamos o comportamiento de la fruta en góndola— puede cruzarse con la trazabilidad del productor, cuartel, variedad, fecha de cosecha, índices de madurez y condiciones de almacenamiento.
Maraboli considera que esto es relevante ya que permite determinar, por ejemplo, qué lotes tienen potencial para guarda prolongada, cuáles deben comercializarse tempranamente y qué destinos son más apropiados según su capacidad de conservación.
En mercados lejanos, esta planificación adquiere especial importancia. Mientras Latinoamérica ofrece mayor cercanía y puede recibir fruta de diferentes calibres, Europa presenta mayores exigencias en uniformidad, residuos y certificaciones. Asia y Medio Oriente, en cambio, obligan a trabajar con fruta capaz de mantener su condición después de “un mes o más de viaje”.
Los compradores también han elevado sus estándares. Hoy son determinantes la firmeza y crocancia a la llegada, el equilibrio entre azúcar y acidez, calibres y colores específicos, límites máximos de residuos cada vez más exigentes, trazabilidad y certificaciones relacionadas con inocuidad, sostenibilidad y responsabilidad social.
Entre los problemas que afectan directamente el volumen exportable de manzanas, Maraboli pone especial atención en el daño mecánico o “machucón”.
Su complejidad radica en que muchas veces el impacto no deja señales visibles inmediatamente. La piel puede permanecer intacta, mientras internamente las células sufren daño y la oxidación aparece varios días después, cuando la fruta ya está embalada o incluso se encuentra en destino.“Es el único defecto que nosotros mismos fabricamos, y no es fruta perdida sino valor perdido”, afirma.
Según explica, el daño puede acumularse desde la cosecha hasta el packing: recolección, vaciado a bins, caminos internos, transporte, volcado y distintas transferencias dentro de la línea.
Por eso, las soluciones deben comenzar desde el campo. Entre sus recomendaciones están realizar dos o tres pasadas de cosecha en lugar de una sola, capacitar a los trabajadores para manipular la fruta cuidadosamente, disminuir alturas de descarga, mantener caminos internos en buen estado, controlar velocidades y distribuir correctamente las cargas.
En packing propone utilizar fruta electrónica para identificar puntos de impacto, disminuir alturas entre transferencias, acolchar superficies duras y mantener las líneas suficientemente cargadas de fruta. También destaca el uso de agua como medio de transporte en determinados procesos.
“Casi todas estas medidas son de bajo costo y alto retorno: no requieren inversión de capital, requieren decisión y medición”, plantea.
Maraboli también observa una transformación en el negocio de las manzanas chilenas.La temporada 2025/26 cerró, según los antecedentes utilizados en la entrevista, con cerca de US$639,6 millones y 570 mil toneladas exportadas, con una disminución de 1,3% en volumen, pero un incremento de 1,2% en valor y de 2,6% en el precio promedio por kilo.
Para la ejecutiva, estas cifras reflejan que Chile comercializó algo menos de fruta, pero logró hacerlo mejor.“Salió fruta de mejor calidad y variedades que se pagan más caro”, señala, mencionando una selección más exigente en packing, una mayor presencia de clones mejorados de Gala y variedades de mayor valor y una mejor coordinación entre programas de guarda y ventanas comerciales.
Sin embargo, advierte que el incremento del precio sigue siendo reducido frente al aumento de los costos de producción, por lo que los márgenes continúan siendo estrechos.
A futuro, Maraboli proyecta una industria chilena de pomáceas probablemente con menor superficie, pero con mayor productividad por hectárea y mayor valor por kilo.
Para ello plantea avanzar en recambio varietal —incluidos mejores clones de Gala y Fuji—, huertos de mayor densidad, mecanización parcial, automatización del packing y nuevas tecnologías para detectar defectos internos y externos.
También destaca el uso de atmósferas controladas de ultrabajo oxígeno y dinámicas, además de herramientas capaces de anticipar desórdenes de postcosecha.
Pero la tecnología, por sí sola, no será suficiente.La estrategia comercial, explica, deberá apoyarse crecientemente en datos para separar la fruta según su verdadero potencial de conservación y enviarla al mercado donde pueda capturar mayor valor.
“Lo que nos va a mantener competitivos no es exportar más volumen, sino entregar fruta consistente y sostenible, temporada tras temporada”, señala.
Para Maraboli, Chile debe avanzar definitivamente desde un modelo centrado en volumen hacia otro basado en productividad, calidad medida y trazabilidad integrada entre huerto, packing y destino.
En ese camino también será necesario fortalecer la investigación aplicada, la eficiencia hídrica, la adaptación al cambio climático, la transferencia tecnológica y la formación de capital humano especializado.
Su conclusión resume uno de los mayores desafíos para la industria exportadora chilena: mantener la confianza de los mercados incluso cuando Chile ya no compita necesariamente por ser el mayor proveedor.“Chile puede seguir compitiendo, aunque no seamos los que más volumen exportan, pero sí seremos los más confiables”.
Redacción News Frutas de Chile