Para la industria exportadora chilena de cítricos, la competitividad de las próximas temporadas no dependerá solamente de producir más fruta. El desafío estará en lograr que esa fruta llegue a destino con los atributos que demandan los mercados, en un escenario donde aumentan los costos asociados a exigencias cuarentenarias y se intensifican los riesgos climáticos y fitosanitarios.
Así lo señala Johanna Mártiz, académica del Departamento de Fruticultura y Enología de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales de la Pontificia Universidad Católica de Chile y directora de InnovaCitrus, quien identifica a la mosca de la fruta como uno de los factores que actualmente genera mayor presión sobre el negocio exportador.
La especialista señala que la presencia de focos ha complicado particularmente a zonas productoras de Coquimbo y comienza también a impactar sectores de Valparaíso, obligando a incorporar medidas adicionales para poder despachar fruta hacia determinados mercados.

“El costo de exportación se incrementa porque la fruta hay que mandarla con tratamiento de frío”, explica Mártiz. Esto significa que, además del riesgo de restricciones comerciales, las empresas enfrentan mayores gastos para colocar el producto en destino, con un impacto directo sobre los retornos de la operación.
A juicio de la especialista, este escenario requiere una coordinación más estrecha entre las exportadoras y el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), particularmente en vigilancia, control y definición de herramientas que permitan resguardar el acceso a los mercados.
En un contexto internacional competitivo, Mártiz plantea que Chile debe fortalecer aquellos atributos que permiten diferenciar su oferta frente a otros orígenes.
“Chile tiene que competir con calidad”, enfatiza. La especialista identifica como variables fundamentales el contenido de azúcar, la coloración, la acidez y, especialmente, el tamaño de la fruta. También destaca la importancia de trabajar con mejores variedades y elevar la productividad sin aumentar proporcionalmente los costos.
Para una industria exportadora, estos factores tienen consecuencias comerciales directas: determinan la capacidad de cumplir especificaciones de los compradores, acceder a mejores categorías comerciales y sostener la condición de la fruta durante viajes prolongados.
Mártiz sostiene que Chile ha avanzado en técnicas de manejo y en calidad, pero que la estrategia futura tendrá que combinar genética, productividad, condición, sostenibilidad y adaptación climática.
La presión no proviene solamente de las exigencias sanitarias.Las altas temperaturas que se están registrando en primavera y verano en la zona central también pueden impactar características fundamentales para una fruta destinada a exportación.
Según explica Mártiz, cuando las temperaturas superan los 28 a 30 °C, particularmente en ambientes secos y con baja humedad relativa, puede aumentar la caída de fruta y reducirse el número de frutos por árbol, afectando directamente los kilos producidos por hectárea.
Además, las temperaturas extremas disminuyen las horas durante las cuales la planta mantiene una actividad fisiológica óptima.
Esto puede ralentizar el crecimiento de los frutos y alterar procesos relacionados con la acumulación de azúcares y la degradación de la acidez. Para una exportadora, el impacto potencial va más allá del huerto: puede traducirse en menor disponibilidad de fruta exportable o en dificultades para alcanzar los parámetros de calidad y calibre exigidos en destino.
A estos fenómenos se agregan episodios más intensos de heladas, configurando temporadas productivamente más variables.
A mediano plazo existe otro riesgo que la industria observa con atención: el Huanglongbing (HLB).Chile permanece libre de esta enfermedad, considerada una de las más destructivas de la citricultura mundial. Sin embargo, Mártiz advierte que su presencia en países de la región obliga a reforzar permanentemente la vigilancia.
“El HLB ha matado millones de árboles en el mundo”, recuerda la especialista, quien destaca que actualmente no existe una cura para la enfermedad.
Su ingreso al país representaría no solo un problema productivo, sino también un riesgo estratégico para una industria que depende del estatus sanitario de Chile para sostener su presencia internacional.
Parte del trabajo científico que actualmente desarrolla el sector apunta precisamente a reducir estos riesgos. Mártiz lidera investigaciones orientadas al desarrollo de modelos predictivos capaces de anticipar condiciones climáticas adversas en los huertos. El objetivo es que los productores puedan adoptar medidas antes de que ocurran eventos extremos y disminuir sus efectos sobre el desarrollo y la calidad de la fruta.
Las investigaciones también evalúan bioestimulantes, algas, aminoácidos y nuevas moléculas destinadas a reducir el estrés de las plantas frente a altas temperaturas y baja humedad relativa.
Desde una perspectiva exportadora, estas herramientas podrían adquirir creciente relevancia, ya que el desafío no será solamente mantener la productividad, sino asegurar volúmenes suficientes de fruta que cumplan consistentemente con los estándares comerciales exigidos por los mercados.
En ese escenario, Mártiz resume buena parte del desafío que enfrenta la industria chilena: producir más seguirá siendo importante, pero proteger la sanidad, contener los costos y asegurar calidad exportable serán factores determinantes para mantener competitividad.
Redacción News Frutas de Chile.-