La fruticultura chilena deberá aprender a producir bajo un escenario de mayor variabilidad climática, donde el desafío no será solamente enfrentar temperaturas más altas, sino también convivir con lluvias intensas, granizos de mayor tamaño, aire extremadamente seco, oscilaciones térmicas y una creciente presión de enfermedades.
Así lo planteó el ingeniero agrónomo y especialista en agroclimatología Fernando Santibáñez, quien advirtió que estos fenómenos están comenzando a modificar directamente el comportamiento de los cultivos y obligan a productores y asesores a mirar el huerto con nuevas herramientas.
Uno de los puntos que destacó es que, pese al cambio climático, Chile mantiene algunas ventajas comparativas para la producción frutícola debido a la influencia moderadora del océano Pacífico y de la corriente fría de Humboldt.
“Producir un pan de cerezas cuando el mundo esté un grado más caliente todavía va a ser más viable por estas latitudes que en otras agriculturas”, señaló, destacando que la localización del país puede seguir jugando a favor de determinados cultivos.
Sin embargo, esa ventaja no elimina los riesgos.
Santibáñez señaló que los eventos asociados a años Niño pueden aumentar la inestabilidad durante primavera, precisamente cuando numerosas especies frutales atraviesan períodos críticos de floración y cuaja.
Entre los factores de riesgo mencionó lluvias, vientos cálidos y secos y oscilaciones de temperatura.
En el caso de los cerezos, advirtió que los vientos provenientes desde Argentina pueden transformarse en una amenaza particular. “Son vientos cálidos y secos, muy amenazantes para la cuaja, en el caso de los cerezos, por ejemplo”, explicó.
La alternancia entre días cálidos y fríos también puede generar respuestas fisiológicas negativas.
Santibáñez explicó que cuando una planta experimenta varios días de altas temperaturas seguidos por episodios fríos, puede interpretar ese cambio como una amenaza y reaccionar eliminando parte de sus frutos para asegurar su supervivencia.
Esto puede expresarse en caídas anticipadas y pérdidas productivas.
Uno de los aspectos en que el especialista puso mayor énfasis fue el denominado déficit de presión de vapor, indicador que refleja cuán seca se encuentra la atmósfera respecto de la capacidad de la planta para mantener el intercambio de agua.
Para Santibáñez, este factor puede ser incluso más amenazante que la propia temperatura.“El aire seco es casi más amenazante que la propia temperatura”, afirmó.
La explicación está en que, frente a un ambiente excesivamente seco, la planta comienza a restringir su transpiración, cierra sus estomas y reduce su actividad fotosintética.
En esas condiciones, el cultivo puede permanecer vivo, pero dejar de producir normalmente. “Los huertos simplemente se cierran”, señaló el especialista al describir la caída de la conductancia estomática frente a eventos de estrés evaporativo.
El efecto puede pasar inadvertido visualmente durante parte del día.Un huerto puede verse aparentemente normal, pero fisiológicamente estar bajo un nivel de estrés que limita la formación de carbohidratos y, con ello, el crecimiento y desarrollo de los frutos.

Santibáñez explicó que su equipo lleva años contabilizando las horas durante las cuales las plantas permanecen por encima de determinados umbrales de tolerancia térmica.
Estas “horas de estrés” permiten estimar cuánto tiempo el cultivo ha estado funcionando por debajo de su capacidad fotosintética óptima.
Según detalló, cuando una temporada acumula alrededor de 400 horas de estrés, la planta puede pasar una parte importante del ciclo produciendo muy por debajo de su potencial.
A ello se suma el estrés evaporativo provocado por aire seco, generándose un efecto acumulativo sobre productividad y calidad.
El especialista enfatizó que el problema no depende de un solo factor.Alta radiación, escasez de agua en el suelo, temperatura elevada, gran amplitud térmica, temperaturas bajas, viento y otras condiciones ambientales pueden interactuar simultáneamente.
Otro efecto relevante para productores y exportadores es la posible mayor incidencia de enfermedades. Santibáñez explicó que, con determinadas intensidades del fenómeno de El Niño, aumentan las condiciones favorables para el desarrollo de problemas fitosanitarios.
Cuando las temperaturas y la humedad se combinan con lluvias durante períodos sensibles, la presión sobre cultivos y frutos puede incrementarse considerablemente.
En escenarios más intensos, advirtió que pueden producirse dificultades importantes para manejar enfermedades y mantener la condición de la fruta hasta la cosecha.
Para la industria exportadora, este elemento adquiere particular relevancia debido a que una mayor incidencia de hongos y pudriciones puede repercutir no solamente en rendimiento, sino también en la capacidad de almacenamiento y viaje de la fruta.
Uno de los mensajes centrales de Santibáñez fue la necesidad de que la agricultura avance hacia sistemas de manejo sustentados en datos.“En la agricultura no tenemos el hábito de ir tomando datos”, señaló.
A su juicio, registrar durante varios años las condiciones meteorológicas y fisiológicas de los huertos permitiría comprender mejor por qué se producen determinadas pérdidas de rendimiento o calidad.
El especialista explicó que los problemas agrícolas son cada vez más multifactoriales y que no basta con analizar individualmente temperatura, agua o radiación.
“Tenemos que tratar de entender el conjunto de factores, porque todos los problemas son multifactoriales”, sostuvo.
A partir de esa información, los productores pueden determinar con mayor precisión qué herramienta utilizar en cada momento: sombra, modificación del riego, sistemas de enfriamiento o bioestimulantes, entre otras alternativas.
Santibáñez resumió el desafío señalando que ninguna temporada se comporta exactamente igual a otra.“Cada año es una firma distinta. Cada año la producción y la calidad son distintas”, explicó.
Por eso, considera fundamental aprender a interpretar las señales que entrega la planta.“La planta está hablando, está diciendo algo que pasó”, agregó.
Para productores y exportadores dijo, es importante que ante un escenario de mayor variabilidad climática, la competitividad dependerá cada vez menos de reaccionar después del daño y mucho más de medir, anticipar y manejar el estrés antes de que se traduzca en menor rendimiento, calibre o condición de fruta.
Redacción News Frutas de Chile.-