En Espacio Riesco, durante la realización de Fruittrade 2025, el economista y exministro de Hacienda Ignacio Briones con una exposición franca y ágil, entregó buenas noticias macro en el corto plazo y a pesar de un contexto en el mundo mucho más proteccionista, el cual dijo que obligará a la fruticultura chilena a moverse más rápido en productividad y apertura de mercados.
Briones partió con un dato que releva el cambio de ciclo: tras más de un año en negativo, el crédito real a empresas volvió a terreno positivo y el Banco Central ha ido corrigiendo al alza su proyección de consumo e inversión, lo que sustenta un crecimiento que, a su juicio, puede acercarse al 3% en 2026. A la vez, proyectó un tipo de cambio más apreciado si Chile crece por sobre sus pares y el cobre continúa alto.
Sin embargo hablo del “nuevo proteccionismo” liderado por EEUU, con aranceles base del 10% y episodios de subidas puntuales, que ya gatillaron respuestas en la región y reordenamientos comerciales. En Chile, gobierno y gremios han advertido impactos acotados pero reales y han acelerado planes para diversificar destinos —Brasil, India— y defender la competitividad frutícola, dijo Briones.

En su modelo de impacto, Briones distinguió entre el efecto “directo” (precio y cantidad en EEUU) y los “indirectos” (menor crecimiento en China y desvíos de comercio), subrayando que las pérdidas dependen de la posición de los competidores.
En uva de mesa y arándanos —donde México y Canadá gozan de arancel cero o menor— Chile enfrenta una desventaja relativa: parte del ajuste de precios cae en el productor chileno y la caída de ingresos en ese mercado puede bordear cifras de un dígito alto si la preferencia se mueve hacia oferentes con tarifa 0.
De mantenerse o escalar los gravámenes en EEUU, habría que “redireccionar exportaciones” y rearmar los programas comerciales de temporada. A su vez, se han descrito un cuadro de respuestas asimétricas, con países que quedaron excluidos del anexo arancelario y otros con subidas por producto.
Briones sostiene que el ciclo del cobre —con precios estructuralmente más altos— y la inversión minera y energética en marcha podrían “tirar” de la economía y apreciar el peso, aliviando costos de insumos e inversiones del agro.

El economista fue explícito en la agricultura debe estar en el centro del proyecto de desarrollo. Propuso tres anclas de política pública orientadas a productividad y escala:
Sanidad como bien público: más atribuciones y presupuesto para el SAG, fiscalización y barreras fitosanitarias eficaces para proteger la reputación exportadora.
Agua con financiamiento inteligente: avanzar en infraestructura (embalses, conducción, desalación) y recuperar la inversión vía contribuciones por plusvalía del suelo agrícola que recibe agua; un mecanismo que alinea incentivos sin cargar todo al fisco.
Asociatividad y tecnología: dejar atrás la “agricultura de subsistencia a punta de subsidios” y favorecer asociatividad moderna para escalar capital humano, genética, manejo y uso intensivo de datos e IA en decisiones de siembra, cosecha y logística.
El mensaje se cruza con una corriente más amplia del sector: la “revolución de productividad” como respuesta a costos, clima y comercio.
Para que el “péndulo” no vuelva al inmovilismo, Briones pidió reformas habilitantes: simplificar y acotar plazos de permisos (sin rebajar estándares), revisar la carga tributaria corporativa en línea OCDE, y convertir principios de costo-efectividad y proporcionalidad —ya presentes en proyectos sectoriales— en reglas transversales. Sin reglas estables, advirtió, la inversión se posterga y la productividad no despega.
Chile puede crecer algo más si la inversión minera y de energía toma tracción, pero el sector agrofrutícola —estrella exportadora— no puede esperar a que el viento sople a favor. Briones propuso un camino: sanidad, agua bancable, asociatividad + IA y permisos previsibles. Las cifras de corto plazo ayudan; la política de Estado hará el resto, dijo.