Cuando se habla de competitividad de la fruta chilena, habitualmente la discusión se concentra en mercados, precios, logística, costos portuarios, calidad de llegada o apertura sanitaria. Sin embargo, una parte importante del resultado exportador comienza mucho antes: en la planta que se establece en el campo y en las decisiones genéticas que determinarán el comportamiento productivo del huerto durante años.
Esa es una de las principales conclusiones que deja la conversación con Consuelo Fernández Noguera, ingeniera agrónoma chilena (PUCV) y actual Chief Operating Officer de Brokaw Nursery LLC, en California, quien ha desarrollado buena parte de su carrera trabajando en propagación, portainjertos clonales, investigación y evaluación de materiales de aguacate o palto en distintos países.
Su trayectoria la ha llevado desde Chile y Sudáfrica hasta California, además de participar en proyectos y ensayos en mercados productores como Perú, Colombia y México. Ahora radicada en Estados Unidos ejerce sus tareas en el reconocido vivero agrícola Brokaw Nursery, especializado en la producción mayorista de árboles subtropicales, con un liderazgo global en el desarrollo y comercialización de aguacates clonales y portainjertos como el patrón Dusa.
Desde esa experiencia, Fernández plantea un mensaje que trasciende al palto y que puede resultar particularmente relevante para una fruticultura chilena sometida a una creciente presión por producir más, mejorar calidad y responder a consumidores y mercados cada vez más exigentes.
La idea central es simple, pero de profundas consecuencias productivas: la genética por sí sola no garantiza resultados. “No sirve tener el mejor portainjerto del mundo si después el vivero no es capaz de propagar una planta de buena calidad”, explica Fernández al abordar la relación entre material genético y estandarización viverística. Y agrega una definición que coloca el punto de partida bastante antes de la exportación: “Para mí la base está en la calidad de la planta. Ahí comienza todo”.
Para un exportador, la diferencia entre una buena y una mala decisión genética puede aparecer años después de realizada la plantación. Uniformidad, vigor, productividad, tolerancia frente a enfermedades, respuesta a condiciones de suelo, eficiencia hídrica y estabilidad productiva son factores que finalmente terminan reflejándose en costos, volúmenes comerciales y calidad exportable.
De allí que Consuelo Fernández insista en que no basta con observar que una determinada variedad o portainjerto ha tenido éxito en otro país. “No existe una simple receta para copiar. Hay que comprender el proceso, probar los materiales y generar información local antes de recomendar”, plantea.
El punto resulta especialmente relevante para Chile, dice la Chief Operating Officer de Brokaw Nursery LLC, donde la incorporación de nuevas variedades y genética se ha transformado en una herramienta cada vez más importante para diferenciar la oferta y sostener competitividad.
Pero trasladar un material exitoso desde California, Sudáfrica, Europa u otro origen directamente a un huerto chileno implica asumir que responderá de manera similar frente a condiciones de suelo, clima, agua y manejo distintas. Y eso, según Fernández, no necesariamente ocurre.
La presión por innovar plantea además una dificultad que conoce bien la industria frutícola: los tiempos de la investigación agrícola son considerablemente más largos que los tiempos comerciales.
«Introducir un nuevo material a Chile puede implicar procesos de cuarentena, multiplicación, propagación en vivero, establecimiento en terreno y posteriormente varios años de evaluación antes de obtener conclusiones suficientemente robustas. En algunos casos pueden transcurrir fácilmente muchos años antes de contar con información concluyente», señala Fernández.
Por eso advierte frente a la tentación de tomar decisiones de escala sobre antecedentes todavía preliminares.
“Esto muestra una tendencia, pero no tomen una decisión comercial importante basándose en uno o dos años de información”, señala respecto de materiales que todavía están bajo evaluación.
Para una empresa exportadora o un productor que está renovando hectáreas, la recomendación tiene una consecuencia práctica: diferenciar entre innovación y apuesta masiva. Fernández no plantea detener la incorporación de genética hasta acumular diez años de datos. Su propuesta es avanzar progresivamente.
«Si un material ha mostrado buenos resultados en condiciones comparables, el productor puede incorporarlo en una superficie acotada, observar su desempeño y construir información propia antes de expandirlo.Quizás puedes plantar 100 árboles, observarlos en tus condiciones y comenzar a generar tu propia información”, ejemplifica.
La clave, añade, es que quien asume el riesgo conozca exactamente cuánto respaldo técnico existe detrás de la decisión.“Muchos productores exitosos han asumido riesgos. Pero deben saber que lo están haciendo y conocer cuánta información existe realmente antes de tomar esa decisión”, sostiene.
Porque buena parte de los problemas que enfrenta posteriormente la cadena exportadora tienen su origen en decisiones adoptadas años antes.
Un huerto poco uniforme puede significar mayores dificultades de manejo y cosecha. Una genética mal adaptada puede afectar calibre, productividad o condición. Un sistema radicular deficiente puede limitar la respuesta frente al estrés hídrico, enfermedades o problemas de suelo.Todo ello termina afectando el porcentaje de fruta exportable y, por tanto, el resultado económico, señala Consuelo Fernández.
Por eso, desde una mirada de negocio, la estandarización de las plantas no debería considerarse exclusivamente una preocupación del viverista o del productor.También es un asunto de la cadena exportadora, donde cobra importancia avanzar en especificaciones más claras sobre origen y calidad de las plantas, trazabilidad del material, comportamiento varietal y evaluación territorial.

Fernández pone especial énfasis en un elemento que muchas veces queda oculto a simple vista: el sistema radicular.“Hay que mirar la planta completa y, especialmente, abrirla y mirar las raíces. En plantas clonales de palto, señala, interesa especialmente asegurar una presencia adecuada de raíces provenientes del portainjerto clonal», explica.
Por esa razón cuestiona las decisiones basadas exclusivamente en el tamaño o apariencia externa de la planta.
«Para un productor, una planta más grande no necesariamente significa una planta mejor. Tampoco una planta más pequeña implica automáticamente menor calidad.La pregunta relevante es cómo está estructurada integralmente y si realmente está en condiciones de ser llevada al campo», dice.
Esto tiene particular relevancia para plantaciones de alto costo, donde una falla en el establecimiento puede arrastrar efectos económicos durante varias temporadas.
Parte de la experiencia que Fernández observa actualmente en California tiene paralelos evidentes con Chile. La producción californiana de aguacate enfrenta una fuerte competencia de fruta importada — particularmente desde México — y elevados costos productivos, lo que obliga a mejorar eficiencia y rendimiento.
Según Fernández, la respuesta pasa por avanzar en mejores portainjertos, tecnología y utilización más eficiente de recursos. El agua constituye un ejemplo particularmente importante.
“El agua tiene un costo altísimo en California”, señala, al explicar que todavía existen productores con niveles insuficientes de monitoreo.
Pero inmediatamente introduce una advertencia que también resulta aplicable a la fruticultura chilena: instalar tecnología no equivale automáticamente a mejorar el manejo. “No basta con instalar un sensor. Hay que entender qué información entrega, cómo interpretar esos datos y cómo transformarlos en una decisión”, explica.
Hay una frase textual que resume buena parte de su visión productiva: “No puedes manejar completamente un huerto desde un computador. La tecnología tiene que ayudarte a tomar mejores decisiones, no reemplazar el conocimiento del productor sobre su campo”.
El cambio climático, los costos de producción, las restricciones de agua, enfermedades y competencia internacional están modificando también los atributos buscados en nuevas plantas.Ya no se trata exclusivamente de obtener más kilos.
La búsqueda incluye portainjertos y variedades capaces de responder mejor frente a enfermedades, condiciones de suelo complejas, restricciones hídricas, diferentes ambientes productivos, atributos asociados a tolerancia frente a Phytophthora cinnamomi, salinidad, sequía y otras condiciones productivas.
El valor de una nueva genética dependerá cada vez más de su capacidad para combinar productividad, calidad y adaptación.

Chile dispone hoy de una oferta frutícola mucho más diversa genéticamente que hace dos décadas y la renovación varietal se ha convertido en una pieza relevante de competitividad.Sin embargo, cada recambio de huerto representa una inversión de largo plazo.
Ese escenario vuelve especialmente vigente la advertencia de Fernández: la velocidad comercial no debería terminar imponiéndose sobre la validación agronómica.
La industria necesita genética nueva, pero también necesita saber dónde plantarla, bajo qué condiciones y con qué grado de certeza sobre su comportamiento.
Para Fernández, ese proceso comienza literalmente desde las raíces. Y tal vez allí aparece una conclusión especialmente relevante para los exportadores: antes de preguntarse qué mercado comprará una fruta dentro de cinco o diez años, también será necesario preguntarse qué planta será capaz de producirla de manera rentable, consistente y con la calidad que ese mercado exigirá.
Como sintetiza la agrónoma chilena: “El material genético y el proceso viverístico tienen que conversar”.
Redacción News Frutas de Chile.