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Panel de conversación de la genética vegetal, nueva alternativa para la agricultura en el escenario mundial.

Andrés Armstrong: “La postcosecha” debe estar al centro de la nueva genética de los huertos chilenos

  • En el panel organizado por Viveros de Chile, durante Agrotrade/Agronight 2026, especialistas analizaron el rol de los nuevos programas genéticos frente a los desafíos de productividad, calidad, cambio climático y exigencias del consumidor. Andrés Armstrong, director ejecutivo del Comité de Arándanos de Frutas de Chile, centró su análisis en la postcosecha como condición estratégica para competir desde Chile en los mercados internacionales.

 

Durante Agrotrade & Agronight 2026, organizado recientemente por Viveros de Chile reunió a destacados especialistas de la industria frutícola para abordar uno de los temas más estratégicos para el futuro del sector: el rol de la genética vegetal como nueva alternativa para la agricultura en el escenario mundial. La conversación, moderada por Marcela Carrillo, ingeniera agrónoma y gerenta de PerFruts, puso sobre la mesa las oportunidades que ofrecen los programas de mejoramiento genético, pero también sus límites, riesgos y exigencias técnicas, comerciales y productivas.

El panel contó con la participación de Andrés Armstrong, director ejecutivo del Comité de Arándanos de Frutas de Chile; Lorena Pinto, gerenta comercial de OCD Plan Management; Rodrigo Cruzat, gerente del Consorcio BioFrutales; y Gonzalo Vargas, asesor internacional en paltos y cítricos. Desde distintas especies y experiencias, los panelistas coincidieron en una idea central: la genética es una herramienta imprescidible, pero no opera sola. Su éxito depende del lugar donde se planta, de la calidad de la planta, del manejo agronómico, de la logística, del mercado y de la capacidad de la industria para validar y compartir información.

 

Andrés Armstrong, director ejecutivo del Comité de Arándanos de Frutas de Chile.
Andrés Armstrong, director ejecutivo del Comité de Arándanos de Frutas de Chile.

Andrés Armstrong y la postcosecha como prioridad estratégica

El énfasis principal del panel lo marcó Andrés Armstrong, quien llevó la conversación al terreno de la competitividad chilena. Consultado sobre cuál debiera ser la prioridad de los programas de mejoramiento genético para los próximos 20 años, el representante del Comité de Arándanos fue directo: “Creo que es válido para toda la productividad chilena, es la postcosecha”.

Su mirada se sustenta en una condición estructural del negocio frutícola chileno: la distancia con los mercados de destino. Para Armstrong, no basta con desarrollar variedades productivas o atractivas en origen, si esa fruta no es capaz de llegar en buenas condiciones al consumidor final. “La capacidad de la variedad es que tenga buena postcosecha y que llegue con buena calidad y condición al mercado y consumidores”, sostuvo.

El ejecutivo profundizó en que Chile compite desde una posición logística más exigente que otros países productores. “Estamos más lejos que todos nuestros competidores del mercado y eso hace que eso sea mucho más exigente para nosotros”, afirmó. En ese contexto, la genética debe responder a una demanda concreta: contar con materiales capaces de resistir viajes largos, mantener condición y sostener una experiencia de consumo consistente.

Para Armstrong, atributos como calibre, sabor o consumo son relevantes, pero deben construirse sobre una base previa: la condición de llegada. “Después podemos hablar de los calibres, del sabor, del consumo, entre otros.”, planteó, dejando claro que para una industria exportadora como la chilena, la postcosecha no es un atributo secundario, sino una condición de competitividad.

 

El arándano como ejemplo de transformación genética

Armstrong utilizó el caso del arándano para graficar cómo la genética ha cambiado la estructura mundial del negocio. Según explicó, el desarrollo de variedades con bajo o incluso nulo requerimiento de frío permitió que países como Perú, México, Marruecos y China ingresaran con fuerza a una categoría que antes estaba más acotada a determinadas zonas productivas.

Ese cambio, inicialmente impulsado por objetivos productivos, terminó generando un impacto de mercado mucho mayor. “Terminó derivando en generar una oferta durante todo el año en países que andan mucho más cerca de los mercados”, señaló. Para Armstrong, esa disponibilidad más estable y cercana a los centros de consumo ha sido determinante para ampliar la demanda.

El director ejecutivo del Comité de Arándanos de Frutas de Chile destacó que el arándano vive un proceso de innovación muy acelerado. A su juicio, la genética permitió pasar desde una oferta más estacional a una categoría disponible durante todo el año, con mejor calidad y mayor llegada al consumidor. “Impacta en el consumo impresionante. Impresionante”, afirmó.

En esa línea, sostuvo que el crecimiento del consumo ya no depende únicamente del consumidor tradicional de arándanos, asociado a la salud y los antioxidantes. “Hoy día está llegando un consumidor distinto, nuevo, que está aumentando el consumo”, dijo. Para Armstrong, ese fenómeno está directamente relacionado con una fruta de mejor condición, más firme y más atractiva en góndola.

La genética frente al cambio climático

Otro de los ejes abordados fue la resiliencia climática. La moderadora planteó si la agricultura está entrando en una nueva etapa, donde sequías, olas de calor, lluvias extremas y restricciones de recursos obligan a repensar los objetivos del mejoramiento genético.

Armstrong respondió desde la experiencia concreta del arándano chileno. Aseguró que una de las principales variedades plantadas en Chile, pese a ser altamente productiva, ha enfrentado dificultades asociadas a los golpes de calor durante la cosecha. “Ha tenido muchos problemas con los momentos de calor durante las cosechas, y hace que la fruta viaje mal”, señaló.

El punto es relevante porque muestra que productividad y calidad no pueden evaluarse por separado. Una variedad puede rendir bien en campo, pero perder valor si no logra sostener condición en postcosecha. “Por mucho que tenga mucha productividad, es de las más productivas”, indicó Armstrong, esa fruta puede quedar limitada en su destino comercial si no responde adecuadamente a las exigencias del mercado fresco.

Por ello, el ejecutivo planteó que la resiliencia climática debe incorporarse de manera creciente en la selección varietal. “Es un factor que efectivamente tiene que ir siendo considerado”, sostuvo. Y agregó que el éxito futuro no dependerá de un solo atributo, sino de la capacidad de combinar calidad, productividad y tolerancia a condiciones extremas: “Y tener no solo la calidad, sino también la productividad, porque eso te va a afectar a las dos cosas”.

Consumidor y cadena: una relación inseparable

Consultado sobre si las nuevas variedades se están desarrollando para el consumidor del futuro o más bien para la cadena productiva, Armstrong fue categórico: “Están de la mano. Están de la mano”.

Desde su perspectiva, la genética moderna debe responder simultáneamente a las necesidades del productor, de la logística, del retail y del consumidor final. En el caso del arándano, explicó que la expansión de nuevas zonas productivas generó una oferta más estable durante el año, lo que a su vez fortaleció la presencia de la fruta en supermercados y mejoró la experiencia de compra.

“Hoy día parte Chile, los supermercados están llenos de arándanos, están llenos de arándanos durante el año”, comentó, marcando una diferencia con el pasado, cuando el inicio de la temporada chilena implicaba abrir nuevamente espacio para la fruta en góndola. Esa continuidad, dijo, ayuda a sostener el consumo y obliga a Chile a competir con un producto de mayor calidad y consistencia.

 

Lorena Pinto: la genética no lo hace todo

Lorena Pinto aportó una mirada centrada en la validación varietal, el desarrollo responsable y la calidad como eje de competitividad. Para la especialista, el avance genético puede abrir oportunidades relevantes, pero también puede fracasar si se implementa sin el manejo adecuado.

“La genética no lo hace todo”, advirtió. A su juicio, Chile cuenta con capacidades técnicas, diversidad agroclimática y una buena imagen país, pero esos atributos no reemplazan la responsabilidad de evaluar correctamente una variedad antes de masificarla.

Pinto fue clara al señalar que una variedad sobresaliente puede fracasar si se planta en el lugar equivocado o si no cuenta con la calidad de planta, el proyecto productivo y la cadena logística que necesita. “Uno puede tener la mejor variedad del mundo, pero si esa variedad no es cultivada en el lugar que corresponde, no tenemos la calidad de planta, por ejemplo, o el proyecto que esa variedad necesitaba, si las cadenas de suministro tampoco tienen una logística adecuada, esa variedad que era quizás la mejor variedad puede ser muerta”, expresó.

Para Pinto, el foco de los programas genéticos debe estar fuertemente conectado con la calidad y la competitividad internacional. “Cuando hay calidad, tú estás ya de la mano con lo que quiere el consumidor”, afirmó. Desde esa demanda, añadió, se genera la disposición a invertir, incorporar tecnología y asumir riesgos productivos.

También llamó la atención sobre los riesgos de mirar únicamente la productividad. “Tú puedes tener una variedad muy productiva, pero si tú no tienes finalmente la calidad y el consumidor no la está exigiendo de alguna manera, finalmente eso deriva a tener menos sustentabilidad”, planteó. En su visión, producir más no siempre equivale a construir un negocio más sólido, especialmente en un mundo donde los excedentes de fruta se transforman en un problema comercial y ambiental.

Rodrigo Cruzat: genética, ambiente y manejo

Rodrigo Cruzat puso el acento en la complejidad de evaluar una variedad. Para el gerente de BioFrutales, la industria muchas veces juzga el resultado final sin distinguir cuánto corresponde realmente a la genética y cuánto al ambiente, el manejo o la cadena.

“Tenemos una variedad, tenemos un ambiente, y es el clima, el productor, el manejo, el equilibrio, la cadena, y nosotros estamos juzgando el resultado final”, explicó. Con ello, instaló una pregunta clave para viveristas, productores y asesores: hasta dónde se le puede exigir a la genética y dónde comienza la responsabilidad del sistema productivo.

Cruzat señaló que existen variedades más robustas, capaces de tolerar errores de manejo, y otras mucho más exigentes, donde cualquier falla se paga caro. “Hay algunas variedades que aguantan un montón de errores que uno puede tener. Y en otras, tiene un manejo muy estricto, que cualquier error lo paga”, dijo.

En cuanto a prioridades, reconoció que escoger un solo atributo le resultaba incómodo, porque la genética responde a una “escalera de desafíos”. Sin embargo, planteó que la productividad sigue siendo un eje inevitable, especialmente porque muchas variedades no logran traducir sus beneficios en mejores precios. “Son pocas las variedades que nosotros logramos convertir, tal vez por la forma en que tenemos de comercializar, en aumento de precios”, sostuvo.

Cruzat también abordó la necesidad de acelerar la innovación sin perder rigurosidad técnica. A su juicio, no se trata solo de reducir los tiempos de obtención varietal, sino de mejorar la capacidad de construir paquetes tecnológicos que permitan adoptar correctamente esa genética. “Hay una parte en la creación genética y hay otra parte en la preparación de los paquetes”, señaló.

Para el especialista, la industria todavía muestra esfuerzos fragmentados y requiere más colaboración. “Si cada uno hace su propia notación y no la comparte se hace más difícil”, dijo, destacando que compartir experiencias debiera entenderse como un bien público para acelerar el aprendizaje colectivo.

Gonzalo Vargas: patrones, estrés y eficiencia hídrica

Desde la experiencia en paltos y cítricos, Gonzalo Vargas llevó la discusión hacia la raíz, los patrones y la adaptación al estrés. Para él, en especies donde la renovación varietal es más lenta y cautelosa, la mirada no puede centrarse únicamente en la parte aérea de la planta.

“Si entendemos la planta como un binomio, un patrón y un injerto, es más complejo”, planteó. En su opinión, frente a escenarios de sequía, salinidad y estrés, los patrones adquieren un rol determinante para la sobrevivencia y eficiencia de los huertos.

Vargas fue enfático: “Volvemos a los patrones”. A su juicio, los sistemas radiculares serán decisivos para enfrentar zonas productivas cambiantes, menor disponibilidad hídrica y suelos más exigentes. “Todo se va hacia la eficiencia”, afirmó, vinculando esa eficiencia no solo al uso del agua, sino también a la fruta, la cosecha, el transporte, la caja y toda la operación productiva.

El asesor también advirtió que el estrés hídrico y salino debilita la planta y abre espacio a problemas sanitarios, como los hongos de la madera. Por eso, planteó que la resiliencia productiva debe entenderse desde una visión integral, donde genética, patrón, suelo, agua y manejo forman parte de un mismo sistema.

Una herramienta poderosa, pero no una solución mágica

El panel dejó una conclusión transversal: la genética vegetal es una de las herramientas más relevantes para el futuro de la fruticultura, pero no puede ser tratada como una solución mágica. Requiere validación, información robusta, adaptación territorial, calidad de planta, manejo técnico y una cadena comercial capaz de capturar su valor.

En la mirada de Andrés Armstrong, el desafío chileno pasa especialmente por desarrollar variedades que respondan a la distancia de los mercados, sostengan calidad en postcosecha y permitan ofrecer fruta atractiva al consumidor durante todo el año. En la visión de Lorena Pinto, esa genética debe estar subordinada a la calidad y a una correcta validación comercial. Para Rodrigo Cruzat, el éxito dependerá de construir paquetes tecnológicos colaborativos. Y para Gonzalo Vargas, el futuro exigirá patrones y plantas más eficientes, tolerantes al estrés y adaptadas a una nueva realidad climática.

Así, la conversación organizada por Viveros de Chile en Agrotrade mostró que el futuro de la genética frutal no estará definido por una sola variable. La nueva agricultura requerirá variedades productivas, resilientes, sabrosas, exportables y sostenibles. Pero, sobre todo, necesitará una industria capaz de entender que la genética comienza en el vivero, se valida en el campo, se prueba en la postcosecha y se confirma recién cuando el consumidor vuelve a elegir esa fruta.

Redacción News Frutas de Chile

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