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Avellana chilena consolida su salto agroexportador: calidad, mecanización y nuevos mercados marcarán la próxima década

  • Andrés Reyes consultor internacional en avellano europeo, enfatiza que Chile ya ocupa una posición privilegiada en el mundo, pero que el futuro del rubro dependerá de dejar atrás la idea de cultivo rústico, profesionalizar el manejo y abrir nuevos poderes compradores.

 

El avellano europeo dejó de ser una promesa emergente en la fruticultura chilena. En menos de dos décadas, este cultivo pasó de ocupar un espacio acotado en la zona centro-sur a instalarse como uno de los rubros frutícolas con mayor proyección agroexportadora del país. Hoy, Chile no solo aparece en el mapa mundial de la avellana: ya compite desde una posición estratégica, con calidad reconocida, producción de contraestación y una industria que comienza a mirar más allá de sus fronteras comerciales tradicionales.

En un escenario donde los frutos secos ganan protagonismo por su demanda global, vida de poscosecha, estabilidad logística y uso creciente en la industria alimentaria, la avellana chilena se abre camino como un producto con alto potencial de expansión. Sin embargo, el salto hacia una industria madura no dependerá únicamente de plantar más hectáreas o aumentar volúmenes. El verdadero desafío estará en producir con estándares superiores, diversificar compradores, fortalecer la mecanización, mejorar el material vegetal y consolidar una estrategia exportadora de largo plazo.

Así lo plantea Andrés Reyes, asesor técnico y consultor internacional especializado en avellano europeo en el hemisferio sur, y a quien ha acompañado por más de 20 años el desarrollo de este cultivo en Chile. Desde su experiencia como director del Grupo Avexa y su trabajo en Agroreyes, empresa que asesora más de 21 mil hectáreas, y desde su participación en iniciativas vinculadas a producción, viveros y desarrollo técnico, Reyes observa una industria que está en plena transición: desde la etapa de expansión hacia una fase donde la calidad, la eficiencia y la apertura comercial serán determinantes.

 “Somos los segundos productores mundiales, pero los primeros en calidad”. Esa frase de Reyes resume la oportunidad y, al mismo tiempo, la responsabilidad que enfrenta Chile. Porque la calidad, en un mercado global exigente, no puede darse por garantizada. Debe construirse temporada a temporada desde el huerto, con manejo agronómico, riego, fertilización, poda, genética, cosecha y poscosecha.

De cultivo rústico a frutal de alto estándar

Uno de los principales cambios que, según Reyes, debe asumir la industria es cultural. Durante años, muchos productores miraron el avellano europeo como una especie simple, resistente y de bajo manejo. Esa visión, advierte, ya no es compatible con el nivel de exigencia actual.

“El avellano no es un cultivo simple, rústico o casi silvestre”, sostiene. Para el especialista, quien quiera obtener resultados positivos debe manejarlo como un frutal moderno, con criterios técnicos similares a los que se aplican en especies altamente desarrolladas como cerezas, manzanas, kiwis o nogales.

Esto implica partir desde la base: buena preparación de suelos, plantas de calidad, sistemas de riego eficientes, programas nutricionales adecuados, manejo de poda, control sanitario y adaptación a las condiciones edafoclimáticas de cada zona. En otras palabras, la avellana chilena no podrá sostener su posición internacional si la industria mantiene prácticas de baja intensidad técnica.

Reyes lo resume con una recomendación clave para los productores: “Que se saque el concepto de rusticidad del cultivo”. La frase apunta a un cambio profundo. El avellano europeo puede ser altamente competitivo, pero exige profesionalización. Y esa profesionalización será especialmente relevante en una industria que ya cuenta con cerca de 65 mil hectáreas y que podría seguir creciendo hasta unas 100 mil hectáreas en Chile.

El clima como principal riesgo productivo

El avance territorial del avellano europeo ha permitido expandir el cultivo en distintas zonas del centro y sur de Chile. Sin embargo, esa misma expansión ha expuesto a las plantas a condiciones climáticas diversas, no siempre óptimas. Para Reyes, el principal riesgo agronómico que enfrenta hoy la industria no está necesariamente en el mercado, sino en la adaptación climática.

El cambio climático, las variaciones de temperatura, los eventos extremos y las diferencias entre zonas productivas obligan a mirar con mayor atención la relación entre planta, suelo, agua y ambiente. El especialista advierte que muchas veces se han establecido huertos en lugares donde la planta no se siente completamente cómoda, lo que puede impactar en productividad, regularidad y calidad.

“El principal factor de riesgo agronómico son los factores climáticos”, señala. Frente a ello, el trabajo técnico debe orientarse a fortalecer la resistencia natural de la planta, tanto a nivel radicular como mediante estrategias de bioestimulación aérea. La adaptación climática, por tanto, no será un tema accesorio, sino una condición para sostener la competitividad del cultivo en los próximos años.

Desde una mirada agroexportadora, este punto es clave. Los mercados internacionales no solo demandan volumen, sino continuidad, calidad homogénea y cumplimiento de estándares. Si la producción chilena enfrenta alternancias fuertes o brechas de calidad por efecto del clima y del manejo, el potencial comercial puede verse limitado.

Chile: calidad de contraestación para el mundo

Una de las mayores ventajas de Chile está en su ubicación geográfica. La producción nacional llega en contraestación respecto del hemisferio norte, lo que permite abastecer al mercado mundial antes de la producción turca y europea. Aunque la avellana sea un fruto seco, la industria demanda cada vez más avellanas frescas, con buena condición, atributos industriales y calidad superior.

Reyes proyecta que Chile podría alcanzar entre 200 mil y 220 mil toneladas, lo que equivaldría a cerca del 20% de la producción mundial y a una proporción muy relevante de la oferta del hemisferio sur. Esa perspectiva abre una oportunidad agroexportadora de gran escala: Chile puede transformarse en un proveedor estratégico en una ventana donde pocos países compiten con la misma calidad y capacidad técnica.

El potencial está, pero debe gestionarse. No basta con tener fruta. La oportunidad está en construir una oferta consistente, con identidad de origen, protocolos de calidad y capacidad de responder a distintos compradores internacionales.

En ese punto, la avellana chilena tiene una carta importante: reputación. Según Reyes, la fruta nacional es reconocida por su alta calidad, lo que ha permitido consolidar una relación fuerte con la industria internacional. Pero esa reputación debe protegerse. El mercado de frutos secos, al igual que ocurre con la fruta fresca, castiga rápidamente los errores de calidad.

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Cultivos de avellanos en Panguipulli. Chile.

Ferrero: motor de crecimiento y exigencia

El desarrollo del avellano europeo en Chile no puede entenderse sin el rol de Ferrero. La compañía italiana fue uno de los grandes impulsores del cultivo en el país, principalmente a través de AgriChile, con el objetivo de asegurar abastecimiento de avellanas de alta calidad para su industria chocolatera.

Para Reyes, la presencia de Ferrero ha sido positiva porque elevó los estándares del rubro y demostró que Chile podía producir avellanas de calidad mundial. “Ferrero compra avellanas, pero compra avellanas de calidad”, afirma. Esa exigencia ha obligado a los productores a profesionalizar el manejo, mejorar la condición de la fruta y entender que no toda avellana tiene espacio comercial si no cumple los parámetros requeridos.

Sin embargo, esta relación también abre un debate estratégico: la dependencia de un comprador dominante. Ferrero ha sido clave para la expansión del cultivo, pero el crecimiento futuro de la producción chilena hará necesario abrir nuevos canales comerciales. Reyes advierte que, en algún momento, Ferrero no podrá absorber toda la fruta que el país produzca.

Por eso, la industria debe prepararse para una etapa distinta, donde además de abastecer a Ferrero, sea capaz de dialogar con otros compradores, conocer sus requerimientos y desarrollar una identidad comercial propia.

Diversificación comercial: el próximo salto

El potencial agroexportador de la avellana chilena dependerá en buena medida de su capacidad para diversificar mercados y poderes compradores. Reyes plantea que la industria ha tenido una mirada comercial demasiado acotada, centrada principalmente en el comprador instalado en Chile y en una lógica cómoda para el productor.

Ese escenario debe cambiar. “Tenemos que levantar la mirada”, sostiene el asesor. El mundo demanda frutos secos, y la avellana es uno de los productos preferidos por consumidores e industrias alimentarias. Hay oportunidades en chocolatería, confitería, alimentos procesados, snacks saludables, ingredientes funcionales y mercados que valoran origen, calidad y trazabilidad.

En ese contexto, la llegada o instalación de nuevos actores compradores en Chile, como Balsu, puede abrir una etapa comercial distinta. Reyes menciona que Balsu, empresa relevante en la comercialización de fruta turca, ya se instaló en Chile con una planta de proceso con capacidad importante. Para el productor, esto significa una oportunidad, pero también una exigencia: entender qué tipo de fruta necesita cada comprador.

Para Andrés Reyes productor debe poder decir que producirá para Ferrero, pero también para otros compradores. Esa apertura implica desarrollar una mirada más sofisticada, segmentada y exportadora, donde no toda la fruta se piense bajo un único estándar comercial, sino bajo distintos destinos, usos industriales y requerimientos de calidad.

Andrés Reyes

La calidad como frontera comercial y brechas productivas

Una de las advertencias más fuertes de Reyes apunta a la fruta que no cumple los estándares. En su visión, la avellana chilena no debe repetir errores de otros rubros frutícolas donde, en ciertos momentos, se exportaron calidades dispares, afectando la reputación del producto y del país.

El asesor establece un paralelo con la cereza, donde el envío de distintas calidades generó aprendizajes importantes para la industria. En avellana, señala, el mercado ya está marcando una línea clara: hay una calidad que el mundo necesita y esa es la calidad que Chile debe producir.

Cuando la fruta no llega a esos estándares, la consecuencia es dura. “Se pierde, y se tiene que perder”, afirma. Aunque la frase pueda parecer severa, apunta a un principio económico fundamental: el mercado debe premiar la calidad y castigar la falta de manejo. Si el productor no percibe el costo de producir fuera de estándar, difícilmente corregirá sus prácticas en la temporada siguiente.

La buena noticia, según Reyes, es que las variables de calidad en avellano son abordables. No se trata de factores imposibles de manejar. Son aspectos que pueden trabajarse agronómicamente con tecnología, asesoría, disciplina y planificación.

La industria chilena del avellano tiene potencial, pero también brechas. Reyes reconoce que existen desafíos en prácticamente todos los frentes: genética, manejo agronómico, riego, polinización, mecanización y adaptación climática.

El crecimiento en superficie abre una oportunidad para corregir errores y mejorar el estándar de los nuevos proyectos. Si Chile puede llegar a 100 mil hectáreas, todavía existe un margen relevante para incorporar mejoras genéticas, mejores plantas, sistemas de conducción más eficientes, riego tecnificado, mecanización y modelos productivos adaptados a cada zona.

La mecanización aparece como uno de los puntos decisivos. A diferencia de otras especies frutales altamente dependientes de la mano de obra, el avellano europeo tiene una ventaja importante: gran parte de sus labores puede mecanizarse. Reyes lo plantea con claridad: “El 80% de las labores son mecanizables”.

Este atributo es especialmente relevante para productores y exportadores que enfrentan costos laborales crecientes y escasez de mano de obra. Sin embargo, Chile aún debe desarrollar una industria de maquinaria más robusta. El especialista compara la situación con Italia, que con una superficie similar cuenta con una oferta mucho mayor de fabricantes de maquinaria especializada. Para una industria que busca escalar, la mecanización no será un complemento, sino un factor de competitividad.

Viveros, micropropagación y una industria con propia identidad

Otro punto estratégico para el futuro es la calidad de las plantas. Reyes destaca que la industria viverística ha evolucionado significativamente en los últimos años. El cultivo partió con métodos más simples de propagación, pero hoy avanza hacia sistemas de micropropagación, con materiales de origen nacional e internacional.

Este cambio es relevante porque la calidad del huerto comienza antes de la plantación. Un proyecto mal establecido, con plantas débiles o material inadecuado, arrastra problemas durante años. En cambio, una planta de alta calidad permite mejores resultados productivos, mayor uniformidad, mejor respuesta al manejo y mayor potencial comercial.

Los productores, señala Reyes, hoy están exigiendo nuevas variedades, uso de portainjertos y plantas con mejores habilidades productivas. Esto muestra una industria más madura y consciente de que la genética y el material vegetal son parte esencial de la competitividad.

Al proyectar la industria hacia 2035, Reyes imagina un rubro más maduro, con mayor mecanización, mejores plantas, más apertura comercial y una identidad exportadora más clara. Pero para llegar a ese escenario, Chile debe “creerse el cuento” de que ya es uno de los actores relevantes del mundo.

El potencial existe. El país cuenta con calidad, contraestación, experiencia frutícola, capacidades técnicas y una base productiva en expansión. Pero el salto definitivo dependerá de superar la comodidad comercial, diversificar compradores, mejorar los estándares de campo y asumir que la avellana debe ser tratada como un frutal de alto valor.

Para productores de manzanas, cerezas u otras especies que estén evaluando entrar al negocio, la recomendación es mirar primero las variables edafoclimáticas. No cualquier zona ni cualquier suelo serán adecuados. La decisión debe considerar ubicación, suelo, agua, variedad, sistema de conducción, riego, mecanización y destino comercial.

La avellana chilena tiene una oportunidad singular: convertirse en una nueva plataforma agroexportadora para el país, complementaria a la fruta fresca y con ventajas logísticas propias de los frutos secos. Pero esa oportunidad no se capturará de manera automática. Requiere estrategia, calidad, profesionalización y visión de largo plazo.

Chile ya es reconocido por producir una de las mejores avellanas del mundo. Ahora, el desafío es transformar esa calidad en una industria más independiente, diversificada y capaz de capturar valor en los mercados internacionales. Como advierte Andrés Reyes, lo trascendental no estará solo en producir más, sino en producir mejor y abrir la mirada hacia el mundo.

Redacción News Frutas de Chile

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