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octubre 5, 2026
Opinión

¿Estamos fertilizando de más? Medir la respuesta de la planta antes de aumentar la dosis

Por Daniela Vaisman, doctora en Ciencias de la Ingeniería y especialista en biotecnología aplicada a la agricultura

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En fruticultura, la pregunta sobre cuánto fertilizar suele responderse a partir de la extracción esperada, el rendimiento objetivo, la experiencia histórica del campo y los resultados de análisis de suelo o tejido. Esos antecedentes siguen siendo indispensables. El problema aparece cuando una recomendación se repite por inercia, sin comprobar si la planta está absorbiendo los nutrientes, si puede utilizarlos y si una dosis adicional produce una respuesta agronómica medible.

Por eso, antes de concluir que un huerto está recibiendo demasiado o muy poco fertilizante, conviene separar tres componentes: la demanda del cultivo, la oferta efectiva del sistema suelo-agua y la eficiencia con que las raíces captan y transportan los nutrientes. Dos huertos con igual carga frutal pueden requerir manejos distintos si difieren en salinidad, aireación, temperatura del suelo, actividad radicular o calidad del agua.

Cada análisis responde una pregunta diferente

El análisis de suelo permite estimar disponibilidad, reservas y riesgos en la zona explorada por las raíces. El análisis foliar integra la nutrición acumulada durante un periodo y permite comparar el huerto con rangos de referencia definidos para una especie, órgano y estado fenológico. Ninguno de los dos, por sí solo, describe completamente lo que ocurre entre la absorción radicular y el transporte hacia los tejidos en crecimiento.

El análisis de savia puede complementar ese diagnóstico porque examina la fracción soluble y móvil presente al momento del muestreo. Esto permite detectar cambios de corto plazo en nitrato, potasio, calcio, sodio, cloruro u otros iones. Sin embargo, no debe interpretarse como un examen definitivo ni como un reemplazo del análisis foliar. La composición de la savia varía con la hora del día, la edad de la hoja, el estado hídrico, la fenología, la carga y el método de extracción. Sin un protocolo de muestreo consistente y rangos de referencia comparables, una cifra aislada puede conducir a decisiones equivocadas.

La utilidad aumenta cuando los datos se interpretan en conjunto. Si el suelo presenta una concentración adecuada de un nutriente, pero la savia y el tejido muestran una respuesta insuficiente, aumentar la dosis no necesariamente resolverá el problema. Antes habría que revisar raíces activas, humedad, oxigenación, temperatura, antagonismos iónicos, pH y conductividad eléctrica. La limitación puede estar en la absorción o el transporte, no en la cantidad aplicada.

Un ejemplo en palto bajo salinidad

La salinidad permite observar con claridad esta diferencia entre disponibilidad y funcionamiento fisiológico. En palto, el cloruro y el sodio pueden acumularse hasta niveles perjudiciales, mientras el aumento de la conductividad eléctrica reduce el potencial osmótico del suelo y dificulta la captación de agua. En estas condiciones, agregar más sales mediante la fertilización puede agravar una restricción que ya está presente.

En una comparación realizada durante marzo de 2026 en un huerto comercial de palto Hass, un sector sometido a un programa de manejo radicular con polifenoles presentó concentraciones de cloruro en savia inferiores a las del sector testigo: 45% menos en hoja nueva y 35% menos en hoja vieja. La conductividad eléctrica de la savia también fue 15% y 11% menor, respectivamente. Estos resultados son compatibles con una menor carga iónica en la planta, pero deben interpretarse como evidencia descriptiva del sitio evaluado.

 

Para atribuir causalidad y extrapolar el resultado se necesitarían repeticiones, asignación comparable de los sectores, análisis estadístico y seguimiento temporal, además de antecedentes sobre agua de riego, solución de suelo, fertilización, rendimiento y calidad de fruta. La diferencia observada sirve para formular y evaluar una hipótesis de manejo. No basta, por sí sola, para recomendar una intervención en otros huertos.

Este punto es relevante para la toma de decisiones. Un indicador fisiológico no reemplaza el diseño experimental ni la agronomía del terreno. Su valor está en permitir una verificación más rápida: si cambia el programa de riego, nutrición o manejo de raíces, es posible observar si la carga iónica y el equilibrio nutricional se desplazan en la dirección esperada antes de que aparezcan síntomas visibles o se cierre la temporada.

Del dato a una decisión de fertilización

La inteligencia artificial y los modelos de recomendación pueden integrar análisis de suelo, agua, savia y tejido con información meteorológica, imágenes y registros productivos. Su aporte consiste en identificar relaciones, ordenar antecedentes y actualizar recomendaciones con mayor frecuencia. La calidad de la decisión, sin embargo, sigue dependiendo de la calidad del muestreo, de la calibración local y de que el modelo distinga correlación de causalidad. Más datos no corrigen un protocolo deficiente.

Un programa de nutrición de precisión debería trabajar como un ciclo de aprendizaje. Primero se define una hipótesis concreta, por ejemplo, que una alta conductividad está restringiendo la absorción de calcio. Luego se mide la condición inicial, se modifica una variable de manejo y se verifica la respuesta en la planta, el suelo y la producción. Si se cambian simultáneamente la dosis, la fuente, el riego y varios bioestimulantes, será difícil saber qué explicó el resultado.

Los polifenoles también deben evaluarse bajo este criterio. Compuestos con actividad antioxidante o moduladora de la rizósfera pueden influir en la respuesta al estrés, el crecimiento radicular o la eficiencia de absorción. Su efecto depende de la composición, la dosis, el momento de aplicación y la intensidad del estrés. Por ello, la evidencia relevante no es una descripción general del mecanismo, sino una respuesta reproducible frente a un testigo comparable y asociada a variables fisiológicas, productivas y económicas.

Cuándo puede hablarse de exceso

No es técnicamente correcto afirmar que toda la fruticultura fertiliza de más. Sí existe sobreaplicación cuando la dosis marginal no mejora el estado nutricional, el rendimiento o la calidad, y al mismo tiempo aumenta la conductividad eléctrica, el riesgo de antagonismos, las pérdidas por lixiviación o el costo por hectárea. También puede existir ineficiencia con dosis moderadas si el sistema radicular no está en condiciones de absorberlas.

Para gerentes agrícolas y asesores, la discusión debería pasar desde la dosis aplicada hacia la eficiencia del programa. Esto exige balances por nutriente, trazabilidad de las aplicaciones, unidades homogéneas, sectores comparables y metas productivas definidas. También requiere aceptar que una recomendación puede reducirse, mantenerse o aumentar según la evidencia. La precisión no consiste en usar menos insumos por principio, sino en aplicar lo necesario y comprobar su efecto.

La pregunta “¿estamos fertilizando de más?” no tiene una respuesta única. Su valor está en obligarnos a revisar la base de cada decisión. Cuando el diagnóstico combina suelo, agua, tejido y respuesta fisiológica, el programa deja de depender únicamente de recetas históricas. En un escenario de márgenes estrechos y mayores exigencias ambientales, medir la eficiencia de cada unidad aplicada es una decisión agronómica y económica.

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