Un informe federal revela que mientras más del 93% de la población incluye vegetales en su jornada cotidiana, el poder adquisitivo y el género determinan el acceso real a opciones más nutritivas como frutos rojos y hojas verdes.
En la vida cotidiana, incorporar alimentos frescos a las comidas parece un hábito al alcance de todos, pero la realidad muestra que lo que termina servido en el plato está fuertemente condicionado por factores socioeconómicos. Según un reporte publicado por el Centro Nacional de Estadísticas de Salud de los Estados Unidos a partir de la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición, el 69,9% de los adultos de 20 años o más consume alguna fruta en un día determinado, mientras que un contundente 93,3% incorpora al menos algún tipo de vegetal en su alimentación diaria. No obstante, detrás de estos grandes promedios se esconden notables desigualdades cuando se analiza la composición de la compra familiar.
La situación económica de los hogares actúa como un filtro directo sobre la variedad nutricional. En los sectores con ingresos inferiores al 130% del nivel federal de pobreza, apenas el 56,9% de los adultos logra consumir fruta en su día a día. Esta cifra escala al 67,4% en los niveles medios y alcanza el 76,5% entre quienes se ubican en el 350% o más de dicho umbral de ingresos.
El contraste se hace todavía más elocuente en productos específicos de mayor costo de góndola: apenas el 19,6% de las personas con menores recursos come cítricos, melones o frutos rojos, una tasa que prácticamente se duplica hasta llegar al 38,0% en los estratos económicos más altos.
Aunque casi toda la población consume alguna hortaliza, el porcentaje sube de un 88,5% en los hogares más vulnerables a un 95,9% en las familias de mayores ingresos. La gran diferencia vuelve a manifestarse en la riqueza de micronutrientes: los vegetales de hoja verde oscura son consumidos por el 42,3% del grupo de mayores ingresos frente a solo un 29,3% del grupo de menores recursos.
De igual forma, las opciones de tonalidades rojas y anaranjadas pasan del 69,2% al 82,0% a medida que aumenta la capacidad económica. Por el contrario, alternativas más económicas y calóricas como las verduras con almidón, entre ellas las papas, se mantienen estables alrededor del 50% en todos los segmentos de ingresos.
Al margen de los ingresos, el género introduce diferencias apreciables en las elecciones cotidianas.
Las mujeres exhiben una mayor predilección por la fruta fresca frente a los varones, con un 73,5% frente a un 66,1%, destacándose especialmente en el consumo de cítricos y frutos del bosque (35,2% frente a 27,2%) y otras frutas enteras (52,9% frente a 47,0%).
En el terreno de las verduras, si bien la presencia global es idéntica en ambos sexos rozando el 93%, las mujeres lideran notablemente la ingesta de vegetales de hoja verde oscura, con un 41,8% respecto al 33,7% registrado en los varones. En contraste, opciones como los jugos 100% de fruta no mostraron variaciones de consideración entre hombres y mujeres, manteniéndose en torno al 31%.
Los datos confirman que, aunque la presencia vegetal parece consolidada en las mesas adultas, conseguir una dieta diversa, cargada de vitaminas y fibras esenciales, continúa siendo un desafío estructural donde el poder adquisitivo juega un papel decisivo.