El cambio climático está comenzando a modificar no sólo los rendimientos de la fruticultura europea, sino también dónde conviene producir, qué variedades plantar, cuánto invertir en protección y quiénes tendrán mayores posibilidades de mantenerse competitivos.
Así lo plantea un nuevo informe de RaboResearch, de Rabobank, que concluye que la capacidad de adaptación climática está pasando a convertirse en uno de los principales factores de diferenciación para la industria frutícola.
El estudio, publicado el 31 de agosto de 2026 y elaborado por las especialistas Camila Bonilla Cedrez y Cindy van Rijswick, analiza los efectos sobre cítricos, pomáceas y carozos. Su principal conclusión es que el cambio climático no necesariamente implica una caída generalizada de la oferta europea, pero sí está haciendo que los rendimientos, la calidad y las fechas de cosecha sean mucho menos predecibles. El informe completo aquí
Y la advertencia trasciende a Europa. Para países frutícolas exportadores como Chile, las tendencias descritas resultan particularmente relevantes porque ponen sobre la mesa desafíos que también condicionan la competitividad: seguridad hídrica, acumulación de frío, eventos de calor extremo, heladas, elección varietal, infraestructura y capacidad de inversión.
Rabobank señala que los efectos ya son visibles en las temporadas recientes. En Europa, las heladas tardías de 2020 contribuyeron a una de las menores cosechas de manzanas de la Unión Europea en casi dos décadas; la sequía y las altas temperaturas provocaron importantes pérdidas en cítricos en 2022; y en 2024 la producción de manzanas cayó 11% debido, entre otros factores, a heladas tardías en Polonia, Alemania y Austria.
Ese mismo año, la producción de mandarinas y otros cítricos de fácil pelado disminuyó 10% como consecuencia de condiciones adversas durante el invierno y la floración en España. En 2025, además, heladas, olas de calor y exceso de precipitaciones afectaron simultáneamente producción y calidad en distintas zonas frutícolas europeas.
El escenario climático de 2026 ha reforzado esas señales. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea reportó durante julio sucesivas olas de calor y déficit de precipitaciones en zonas de Europa occidental y central, con agotamiento de la humedad del suelo y estrés térmico sobre diferentes sistemas agrícolas.
El informe identifica a los cítricos como uno de los sectores particularmente expuestos. España representa aproximadamente entre 55% y 60% de la producción citrícola de la Unión Europea, seguida por Italia y Grecia, concentrando una parte importante de la oferta en la cuenca mediterránea.
Según el análisis, desde mediados de la década de 1990 el promedio de días sometidos a estrés térmico en las regiones citrícolas europeas aumentó en aproximadamente 15 a 20 días.
En algunas áreas del Mediterráneo ya se registran más de 80 a 100 días estivales de estrés por altas temperaturas. Esta condición incrementa riesgos como golpe de sol, daños en la fruta y caída prematura, a lo que se suma una creciente presión sobre las fuentes de agua.
Rabobank advierte que las precipitaciones más irregulares y los períodos prolongados sin lluvia aumentan la dependencia del riego, particularmente durante etapas sensibles como floración y desarrollo del fruto.
En consecuencia, el agua comienza a transformarse en algo más que un insumo productivo: pasa a determinar la capacidad de adaptación y, potencialmente, la competitividad de las zonas productoras.
En manzanas y peras, uno de los hallazgos más relevantes tiene relación con la modificación de la fenología.
Rabobank estima que la floración de las pomáceas se ha adelantado alrededor de 10 a 15 días durante las últimas décadas. Esto aumenta la probabilidad de que los estados fenológicos más sensibles coincidan con episodios posteriores de frío.
Por ello, explica el informe, el riesgo de heladas ya no depende simplemente de cuántos días bajo cero se produzcan, sino del momento en que ocurren respecto del desarrollo del árbol.
A esto se suma el impacto del verano. Las temperaturas elevadas pueden reducir calibre y calidad, incrementar el golpe de sol y, combinadas con déficit hídrico, aumentar la caída de fruta y la variabilidad entre temporadas.
El documento cita investigaciones en España y Portugal donde los daños por golpe de sol pueden llegar a representar pérdidas de rendimiento de entre 10% y 50%, dependiendo del clima, variedad y manejo del huerto.
Para duraznos, nectarines, cerezas, ciruelas y otros carozos, Rabobank identifica otro desafío estructural: la reducción de la acumulación de frío durante el invierno.
España, Italia y Grecia concentran más del 90% de la producción europea de duraznos y nectarines, mientras cerezas y ciruelas presentan una distribución más amplia.
Los inviernos más cálidos están reduciendo la acumulación de frío en sectores del sur europeo. Esto puede interferir directamente con la salida de dormancia, brotación, floración y cuaja, afectando finalmente la productividad del huerto.
La consecuencia podría ser un cambio progresivo en las ventajas comparativas entre regiones.
El análisis de Rabobank proyecta que algunas condiciones climáticas actualmente asociadas a la producción frutícola tenderán a desplazarse desde sectores del Mediterráneo hacia regiones más frescas del centro y este de Europa.
Pero el banco hace una precisión importante: esto no significa que las actuales zonas frutícolas desaparecerán ni que los huertos se trasladarán automáticamente hacia el norte. Agua disponible, suelos, infraestructura, mano de obra, conocimiento técnico, logística y acceso a mercados seguirán determinando dónde es comercialmente viable producir fruta.
De hecho, una de las conclusiones más interesantes del documento es que el cambio climático probablemente produzca primero una redistribución de las nuevas inversiones frutícolas, más que una migración masiva de los actuales huertos.
Rabobank observa que países del este europeo como Polonia, Serbia y Eslovaquia están recibiendo inversiones en huertos modernos de manzanas, favorecidos por menores costos laborales y la posibilidad de desarrollar sistemas productivos protegidos y de mayor escala.
Las zonas tradicionales del sur europeo, en tanto, continuarían siendo actores relevantes, pero podrían enfrentar mayores costos de adaptación y una creciente exposición productiva.
¿Dónde estará entonces la respuesta? Rabobank identifica tres niveles de adaptación.En el huerto, aparecen medidas como riego de precisión, monitoreo de humedad de suelo, protección contra heladas, sombreaderos, manejo de canopia, control de golpe de sol y gestión integrada de plagas y enfermedades.
En el ámbito estructural, el desafío pasa por nuevas variedades y portainjertos, renovación de huertos, diversificación de cultivos e incluso relocalización productiva.
Y existe una tercera dimensión que involucra a toda la cadena: diversificar proveedores y zonas de abastecimiento, desarrollar contratos de largo plazo, compartir riesgos y efectuar inversiones conjuntas en almacenamiento, pronósticos, información de calidad y monitoreo climático.
Un aspecto especialmente relevante para la industria frutícola exportadora es que Rabobank extiende el problema más allá del campo.
El calor, los golpes de sol, un desarrollo insuficiente del calibre y una mayor incidencia de enfermedades pueden reducir la capacidad de almacenamiento y acortar la vida útil de la fruta.
Por ello, la adaptación deberá integrar también manejo de poscosecha, capacidad de enfriamiento, almacenamiento, logística y estrategias comerciales. Es decir, proteger el huerto ya no será suficiente si la fruta posteriormente no logra conservar condición durante viajes prolongados o períodos largos de guarda.
Pero quizás la principal advertencia del reporte es económica.Para Rabobank, una parte importante de las tecnologías necesarias ya existe. El problema es que la capacidad para implementarlas es muy desigual.
Productores con acceso a capital, agua, infraestructura, información y tecnología estarán mejor preparados para absorber los impactos climáticos. En cambio, explotaciones pequeñas, con menores márgenes o problemas de sucesión pueden enfrentar mayores dificultades para financiar mallas, sistemas antiheladas, infraestructura hídrica o renovación varietal.
El informe apunta incluso a que las inversiones tienen una justificación económica más clara en frutas de alto valor, productos diferenciados o destinados a la exportación, precisamente porque existe mayor capacidad de capturar el retorno de esas inversiones.
Esto podría ampliar la brecha entre productores bien capitalizados y aquellos con menor acceso a financiamiento.
La conclusión de Rabobank introduce un cambio relevante en la discusión climática para la fruticultura: ya no se trata únicamente de cómo sobrevivir frente a temperaturas más altas, sequías o heladas.
La pregunta será cada vez más quién puede producir de manera estable, entregar fruta con calidad homogénea y mantener sus compromisos comerciales en temporadas climáticamente complejas.
En ese escenario, disponer de agua segura, genética adecuada, infraestructura de protección, capacidad de pronóstico, tecnología de riego, manejo técnico y una buena estrategia de poscosecha puede terminar siendo tan determinante para la competitividad como tradicionalmente lo han sido productividad, costos o ubicación geográfica.
Rabobank lo resume en una idea central: el verdadero límite podría dejar de estar entre productores expuestos o no al cambio climático y pasar a estar entre quienes poseen capacidad para adaptarse y quienes no. Más detalles del informe aquí
Redacción News Frutas de Chile