El tren de sistemas frontales que afectó a Chile durante julio dejó consecuencias en diez regiones, desde La Araucanía hasta Atacama. Junto con el aumento de caudales, las evacuaciones y los cortes de rutas, el exceso de precipitaciones también está generando efectos menos visibles, pero igualmente relevantes, sobre los suelos agrícolas.
Cuando un territorio recibe lluvias intensas durante varias semanas, el suelo acumula un volumen de agua superior a su capacidad de infiltración y drenaje. Esta saturación desencadena procesos físicos, químicos y biológicos que pueden condicionar la recuperación de los predios y el desarrollo de la próxima temporada.
Las precipitaciones superaron los 300 milímetros en numerosos sectores de Ñuble, Biobío y La Araucanía. En Santiago, en tanto, se acumularon 101,5 milímetros entre el 16 y el 17 de julio, uno de los registros más altos de los últimos 110 años. Debido a la magnitud del impacto, el Gobierno decretó Estado de Catástrofe en la Región de Coquimbo y en la provincia del Huasco, en Atacama.
La acumulación prolongada de agua ocupa los espacios porosos que normalmente contienen aire, disminuyendo drásticamente el oxígeno disponible para las raíces y los microorganismos.
Este ambiente anaeróbico modifica la química y la biología del suelo, favorece la proliferación de microorganismos que no requieren oxígeno, ralentiza la descomposición de la materia orgánica y altera la disponibilidad de nutrientes para las plantas.
El riesgo aumenta cuando se transita o se trabaja con maquinaria sobre suelos húmedos o saturados, debido a que la presión puede compactar su estructura y reducir su porosidad durante varias temporadas.
“Cuando un suelo permanece saturado de agua por muchos días, se genera un ambiente anaeróbico que afecta directamente la actividad de ciertos microorganismos y la disponibilidad de nutrientes para las plantas. Por lo mismo, no basta con mirar solo los parámetros químicos. Es fundamental evaluar también el estado biológico del suelo, ya que de eso depende, en gran medida, su capacidad de recuperarse antes de la próxima temporada”, explica Isabel Ortega, química farmacéutica a cargo de los estudios y análisis de Agriservice.
Las lluvias también han entregado una señal positiva para la disponibilidad de agua de riego. De acuerdo con el Boletín Hidrometeorológico de la Dirección General de Aguas, con información recopilada al 20 de julio, los 25 embalses monitoreados a nivel nacional acumulan más de 4.300 millones de metros cúbicos de agua.
La Región de Coquimbo lidera parte de esta recuperación. El embalse Recoleta alcanzó el 79% de su capacidad, Corrales llegó al 78% y Culimo al 77%.
En la zona central, El Yeso registró un 65%, Los Aromos un 72% y Convento Viejo un 74%. Sin embargo, Puclaro y La Paloma todavía se mantienen bajo el 20% de su capacidad, lo que confirma que la recuperación hídrica sigue siendo desigual entre las distintas cuencas del país.
Aunque el aumento del agua embalsada representa una buena noticia para el riego de la próxima temporada, estos registros no permiten conocer el estado de los suelos que permanecieron inundados ni determinar cómo la saturación afectó su fertilidad y actividad microbiológica.
En este escenario, los especialistas recomiendan evaluar el estado real del suelo antes de retomar las labores de siembra, fertilización o aplicación de insumos.
Los diagnósticos pueden considerar parámetros químicos de fertilidad, como pH, conductividad eléctrica, materia orgánica, nitrógeno, fósforo y potasio, además del estado de salinidad mediante el análisis de extracto de pasta saturada.
Estos estudios pueden complementarse con evaluaciones microbiológicas y bioquímicas, orientadas a determinar el nivel de actividad biológica del suelo después de un periodo prolongado de saturación.
Conocer estos antecedentes permite tomar decisiones basadas en evidencia y evitar intervenciones que puedan profundizar los daños estructurales o afectar la recuperación productiva del terreno.
Respecto del manejo de los terrenos inundados, Diego Kirberg, ingeniero agrónomo y MSc en Manejo de Suelos y Aguas de la empresa MSR, señaló que la prevención resulta fundamental.
Un suelo bien estructurado, con buena porosidad y estabilidad de agregados, no evitará necesariamente el anegamiento, pero podrá favorecer su posterior drenaje y oxigenación.
“Otros manejos como el establecimiento de cultivos de cobertura toman especial relevancia en estos casos, ya que por un lado evitan la erosión del suelo, y por otro permiten la absorción de agua en los suelos. Esto es importante en cultivos frutales de hoja caduca, que en esta época del año no tienen actividad”, recomienda Kirberg.
Por el momento, las posibilidades de intervención son limitadas. La principal recomendación es monitorear la evolución de la humedad y esperar hasta que el suelo alcance condiciones adecuadas antes de ingresar con maquinaria o realizar otras labores.
En caso de que la saturación persista una vez iniciada la temporada, una alternativa para estimular el metabolismo de las plantas podría ser la aplicación de bioestimulantes por vía foliar.