La producción de semillas se ha convertido en un componente estratégico para la competitividad de la agricultura chilena. Detrás de cada nueva variedad se encuentran años de investigación, desarrollo tecnológico y mejoramiento genético orientados a obtener cultivos más productivos, resistentes y capaces de adaptarse a escenarios de escasez hídrica, temperaturas extremas, nuevas enfermedades y mayores exigencias ambientales.
Chile cuenta con condiciones que le han permitido construir una posición relevante dentro de la industria semillera internacional. Su ubicación geográfica, la posibilidad de producir en contraestación, la diversidad agroclimática, la sanidad vegetal y la experiencia de sus agricultores y empresas han transformado al país en un proveedor confiable para mercados altamente exigentes.
Sin embargo, el nuevo desafío no consiste únicamente en multiplicar y exportar semillas. La oportunidad está también en convertir al país en una plataforma para la investigación, el desarrollo de nuevas variedades y la aplicación de tecnologías vinculadas con la genética vegetal.
Así lo plantea Mario Schindler, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Productores de Semillas de Chile, ANPROS, quien recientemente recibió la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation, una de las principales distinciones entregadas por la industria semillera mundial.
Para el dirigente gremial, este reconocimiento representa también una valoración del trabajo realizado durante décadas por empresas, agricultores, profesionales, autoridades y equipos técnicos nacionales.
“Chile ha construido una reputación seria y consistente”, afirma Schindler al analizar el posicionamiento alcanzado por el país en los principales espacios internacionales relacionados con semillas, comercio, innovación, propiedad intelectual y seguridad alimentaria.
La producción semillera exige precisión, trazabilidad, conocimiento agronómico y un riguroso cumplimiento de los protocolos establecidos por los países compradores. En ese escenario, Chile ha desarrollado una cadena productiva especializada, integrada por agricultores multiplicadores, empresas, técnicos, investigadores y trabajadores capacitados para responder a los requerimientos internacionales.
A las condiciones naturales del territorio se suma una coordinación público-privada que ha resultado determinante, especialmente en materias fitosanitarias, regulatorias y de comercio exterior. El trabajo con el Servicio Agrícola y Ganadero ha permitido entregar garantías a los mercados y mantener la confianza en Chile como proveedor de semillas.
El país debe continuar fortaleciendo precisamente aquellos atributos que han sostenido su actividad exportadora: calidad, cumplimiento, sanidad, trazabilidad y capacidad para responder oportunamente a las necesidades de los clientes internacionales.
Pero esa posición no puede considerarse asegurada. La competencia internacional, los avances tecnológicos y la velocidad con que aparecen nuevas técnicas de mejoramiento obligan a actualizar continuamente las capacidades productivas y regulatorias.
En cuanto a las nuevas variedades vegetales desempeñan un papel cada vez más importante frente al cambio climático. A través del mejoramiento genético es posible desarrollar plantas con mayor tolerancia a la sequía, eficiencia en el uso del agua, resistencia a plagas y enfermedades, mejor productividad y adaptación a diferentes territorios.
“La semilla es la base de la agricultura”, sostiene Schindler, quien recalca que cualquier estrategia orientada a fortalecer la seguridad alimentaria debe considerar la innovación semillera como uno de sus pilares centrales.
El mundo necesita producir alimentos en condiciones cada vez más complejas. La agricultura enfrenta estrés hídrico, degradación de suelos, mayores restricciones ambientales y consumidores que demandan productos de calidad, obtenidos mediante procesos más eficientes y sostenibles.
En este contexto, la genética no solo contribuye a mejorar los rendimientos. También permite disminuir riesgos productivos y entregar a agricultores y exportadores variedades capaces de responder de mejor manera a los requerimientos agronómicos, climáticos, comerciales y de postcosecha.
Para la fruticultura chilena, este desarrollo resulta especialmente relevante. Contar con variedades adaptadas a las condiciones locales, con mejor calidad, productividad y comportamiento frente al transporte puede fortalecer la competitividad de la fruta nacional en mercados cada vez más lejanos y exigentes.
Schindler considera que Chile posee experiencia productiva, capacidades profesionales y una trayectoria exportadora que le permiten proyectarse como una plataforma de investigación, desarrollo e innovación en semillas.
El país ya participa en procesos de multiplicación, investigación y producción de contraestación para compañías internacionales. El próximo paso consiste en generar condiciones para atraer más proyectos tecnológicos, impulsar el fitomejoramiento nacional y fortalecer la colaboración entre empresas, universidades, centros de investigación, agricultores y organismos públicos.
La conexión internacional también resulta fundamental. ANPROS participa en organizaciones como la International Seed Federation, la Seed Association of the Americas, la Asia and Pacific Seed Association, Euroseeds y la American Seed Trade Association. Estos espacios permiten anticipar cambios regulatorios, compartir información científica, abordar barreras comerciales y participar en discusiones sobre nuevas técnicas de mejoramiento vegetal.
Esta articulación podría ayudar a que Chile deje de ser visto solamente como un territorio favorable para producir semillas y avance hacia un posicionamiento más amplio como centro de innovación genética para la agricultura del hemisferio sur.
El potencial chileno dependerá también de la capacidad para modernizar los marcos regulatorios. La innovación genética avanza con mayor rapidez que muchas legislaciones, generando diferencias entre los países respecto de la autorización y utilización de nuevas tecnologías.
Para mantener su competitividad, Chile necesita reglas claras, predecibles y basadas en evidencia científica. También debe fortalecer la protección de la propiedad intelectual vegetal, facilitar el acceso a nuevas variedades y entregar certezas a las empresas e instituciones que invierten en investigación.
Una regulación desactualizada puede retrasar la incorporación de innovaciones y reducir el atractivo del país para nuevos proyectos de investigación y desarrollo. Por el contrario, un sistema moderno permitiría que los avances genéticos lleguen más rápidamente a los productores y se traduzcan en soluciones concretas para el agro y la fruticultura.
“El mundo semillero se mueve rápido”, advierte Schindler al referirse a la necesidad de combinar la confianza construida por Chile con mayor digitalización, innovación, certeza regulatoria y formación de capacidades.
La industria semillera reúne ciencia, tecnología, producción agrícola y comercio internacional. Su desarrollo genera empleo especializado, promueve la transferencia tecnológica y puede aportar directamente a la competitividad de productores y exportadores, enfatiza Schindler.
Chile dispone de una base sólida, pero deberá renovarla para mantener su presencia en los mercados. La incorporación de herramientas digitales, agricultura de precisión, inteligencia artificial y nuevas técnicas de mejoramiento puede ampliar las posibilidades de la industria y acelerar el desarrollo de variedades adaptadas a las necesidades productivas.
El desafío es avanzar desde una reconocida capacidad de producción y exportación hacia un ecosistema que también genere genética, conocimiento y soluciones agrícolas.